Opinión

Poder y odio

 
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Protestas en solidaridad por las víctimas de Charlottesville. (AFP)

Lo sucedido en Estados Unidos en las últimas semanas, junto con los terribles acontecimientos ocurridos en Europa y específicamente en España, tienen un denominador común: la política del odio al diferente y la legitimación de la muerte para todo aquel que, al no ser parte del grupo definido como superior, no tiene derecho a existir. Es esto sin duda un retroceso histórico de dimensiones todavía no conocidas. La eliminación masiva de oponentes políticos y raciales durante el siglo XX en los regímenes totalitarios nazifascista y estalinista, que cobró la vida de decenas de millones de seres humanos, y que vimos renacer con horror en los genocidios de Ruanda y Bosnia hace apenas unos cuantos años, hoy vuelve a presentarse como un proyecto político que adquiere legitimidad paso a paso.

El fundamentalismo islámico es, sin duda, una modalidad de totalitarismo dispuesto a masacrar a todo aquel infiel no perteneciente a su secta de odio y revancha histórica. Reconstruir el Califato, o destruir a los infieles occidentales, parte del mismo principio ideológico, según el cual es válido deshacerse de media humanidad, si esta no es capaz de someterse a los designios de una verdad revelada y un liderazgo incuestionable. Y si este es el fantasma que aterroriza a Europa, y ante el cual no es posible identificar todavía una defensa adecuada, el escenario en los Estados Unidos de América se muestra como la otra cara de la intolerancia de Oriente.

El atentado ocurrido en Charlottesville, Virginia, donde Heather Heyer murió embestida por un supremacista blanco, James Alex Fields Jr., tenía el mismo objetivo que aquel llevado a cabo por el terrorista islámico que conducía la furgoneta blanca en Las Ramblas de Barcelona: matar la mayor cantidad posible de personas consideradas enemigos de la causa y por lo tanto sujetos destinados legítimamente a ser exterminados de una u otra forma. Es exactamente la misma filosofía que llevó a los nazis a enviar a millones de judíos a las cámaras de gas, o al régimen estalinista a desaparecer físicamente a otros tantos en nombre de la guerra de clases y la construcción del comunismo.

Pero lo que es absolutamente aberrante, es escuchar al presidente de Estados Unidos equiparar a racistas con adversarios de este pensamiento. De poner en el mismo plano al criminal Fields con la asesinada Heyer, en algo que rebasó los límites del conservadurismo republicano para situarse en los niveles más bajos del racismo norteamericano. Para subsanar el daño, Trump cesa al ideólogo de este pensamiento encaramado en la Casa Blanca, Steve Bannon, pero se queda con la pesada carga de haber demostrado de manera transparente y burda, su identificación y compromiso con los valores de los Estados Confederados de América, quienes en 1865 se rebelaron contra el gobierno central para defender la esclavitud de la población negra.

Es cierto que fue precisamente el voto rural y de las pequeñas ciudades de Estados Unidos el que llevó a Trump a la presidencia. Pero eso no es argumento suficiente para pretender desde ahí, subvertir las instituciones y las leyes que le han permitido a ese país mostrarse como ejemplo de democracia y respeto al estado de derecho. Vivimos realmente un retorno a formas políticas, ideológicas y de acción práctica, que pretenden reproducir de una u otra forma el totalitarismo como sustituto de la diversidad democrática. Afortunadamente las resistencias están haciéndose presentes, pero el peligro de que esta combinación de poder y odio se interiorice en la mente de millones de seres humanos, es real y avanza mientras no existan mecanismos efectivos de contención y combate contra ellos. Esto es lo que hay que construir para evitar otra catástrofe como las que vivimos durante el siglo pasado.


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