Opinión

Poder ciudadano detrás de la COP21

 
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El planeta Tierra en una nueva foto de la NASA. (Cortesía)

Todo el mundo esperaba que la COP21 sobre el calentamiento global resultara un fracaso, como han sido las negociaciones desde la “Cumbre de la Tierra en Río”, desarrollada en 1992 en Copacabana.

Pero ya no estamos en aquellos años: las condiciones ambientales están empeorando más rápidamente de lo que se preveía entonces, y ahora hay mayor conciencia y participación social que exige medidas eficaces.

En París ocurrió, por primera vez, que los gobiernos de 196 países se pusieran de acuerdo y fijaran un objetivo: contener el calentamiento del planeta debajo de 2 grados. ¿Lo habrían hecho sin la presión social?

El acuerdo se considera histórico porque no hay precedente, no tanto por su objetivo que muchos ambientalistas dudan que se logre, por tres motivos: porque la reducción de emisiones comprometida es mucho menor a la que se considera científicamente como la mínima indispensable para que el planeta no se caliente más de dos grados. En segundo lugar, porque se centra en el efecto temperatura y no abarca todas sus causas, y tercero, porque no habrá sanciones para los países que incumplan.

De cualquier manera, hay un cambio no menor en la línea que han seguido los gobiernos ante el calentamiento global, que ha sido la de proteger la actividad industrial de sus respectivas economías, basadas todas en energía que se obtiene principalmente de hidrocarburos.

Durante décadas, la discusión entre gobiernos ha sido a qué países les toca imponer el uso de fuentes de energía limpias –costosas y por lo tanto, dañinas para la competitividad- o reducir sus actividades.

China, la India y otras naciones han alegado que Estados Unidos, Europa y otras economías contaminaron para industrializarse y que son las obligadas al cambio, mientras los países “emergentes” se industrializan con energía barata, aunque contaminen. China, por cierto, no se comprometió con la COP21 a empezar a bajar sus emisiones de dióxido de carbono antes de 2030.

De cualquier manera, los gobiernos ya se dieron cuenta de que a la gente si le importa el cambio climático y de que perseverar en el modelo energético actual, además de estar arruinando las condiciones de vida en el planeta, terminará por tener consecuencias económicas muy costosas.

La COP21 abre el horizonte a la generalización de las energías limpias, en lo que Alemania va a la cabeza, las cuales pronto serán la forma más barata y efectiva de mantener el objetivo del COP21.

Por otra parte, hay que destacar el papel que tuvo el movimiento social y ciudadano en la aprobación del acuerdo. En cuanto el Secretario General de la ONU convocó en 2014 a la Cumbre sobre el Cambio Climático en París, 400,000 personas en Nueva York y otras 300,000 por todo el mundo salieron a las calles a manifestar el poder ciudadano que estaría presente en las negociaciones. Las manifestaciones no pararon hasta la Cumbre en Paris, encabezadas principalmente por Avaaz, una organización civil global que dice tener 40 millones de miembros de 194 países.

El crecimiento del poder ciudadano abre esperanzas de un mejor futuro ambiental, así como en derechos humanos, en justicia, en equidad económica, en condiciones laborales, en igualdad de oportunidades de educación y salud si logra rescatar el poder transferido por la política al mercado.

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