Opinión

Pobre cultura ricachona

10 febrero 2014 4:8 Última actualización 10 septiembre 2013 5:2

 
Fernando Curiel
 
 
Para Stasia de la Garza
 
Leí, leo, leeré (puntual) a Gabriel Zaid; expectante de su ironía, de sus ideas, de sus planteamientos: originales, a contracorriente.
 
 
Me lo presentó, en un “cocktail” en el Camino Real (¡qué tiempos!), Luis Guillermo Piazza, mi añorado amigo y cómplice.
 
 
Por un largo rato gocé de su estima. Creo.
 
 
De sus colaboraciones semanales en “La cultura en México”, recuerdo una en particular. La revista Tiempo, propiedad del autor de “La querella de México”, le otorga a éste (que publicaba bajo el sello Compañía General de Ediciones, de su propiedad), el galardón de autor mexicano “más vendido”; información proporcionada (¡o coincidencia!) por las Librerías de Cristal, propiedad, asimismo, del autor de El águila y la serpiente.
 
 
¡Impecable examen de un caso de tautología!
 
 
La disfruté, no obstante mi predilección ya manifestada por Martín Luis Guzmán, a quien (atinado) situaba desde un principio en su horizonte humano y formativo: el Ateneo de la Juventud.
 
 
No menos disfruté leer poesía, El progreso improductivo, La economía presidencial y, más recientemente, El secreto de la fama; mismo que comenté en mi clase de posgrado sobre generaciones (y créame, Gabriel, que mi actuación oral la sustento en la comunicación impresa: lectura, escritura).
 
 
No todo ha sido, empero, aquiescencia; pese a reconocer en todo momento el llamado a la razón más que a la emoción (caso, por ejemplo, de Carlos Fuentes en su veta de dotadísimo ensayista).
 
 
Excesivo y, digamos, incongruente me pareció Los demasiados libros. Esto en un país en el que la gran mayoría lee infra literatura.
 
 
Y expresé, por escrito, mi desacuerdo (sin omitir el apremio del cambio para cambiar, de la reforma para reformar) a “UNAMegalomanía”, propuesta de ablación; texto aparecido en plena acometida ceuísta. Llover sobre mojado.
 
 
Ahora, antes y durante la toma magisterial (en cuanto a la técnica del golpe de mano) de la ciudad de México, circula su más reciente libro. Hablo de Dinero para la cultura.
 
 
No me sonroja decir que conozco el paño por el anverso y reverso.
 
 
Desde las artes y la literatura hasta las humanidades y las ciencias sociales. Radio, centros culturales, museos, salas de música y conferencias, teatro, danza; congresos, encuentros. Y no es corta mi bibliografía sobre el punto.
 
 
Dinero para la cultura compendia lo que el autor ha expresado en décadas sobre el tema. Tanto así, que tentado estuve de practicar en el corpus zaidano, la tinta aún fresca, una antología de frases, sentencias, admoniciones, iluminaciones, aforismo.
 
 
Libro, el comentado, que invita a una morosa lectura.
 
 
Divídese en cuatro partes: “Cultura, libertad y animación” (reconozco mi gusto por esta última palabra, reducida, no obstante, al esparcimiento hotelero: albercas, salones, playas); “Libros y cultura libres”; “Medios y cultural libre”; y, por último, “Fisco y cultura libre”. 18 capítulos informa la primera; 21, la segunda; 11, la tercera; 19, la cuarta.
 
 
Arduo resulta, para efectos de su comentario, la selección. Si algo abunda es la perspectiva, el saber, el dominio del tema, la miga. Dificilísima elección: “Dinero para la cultura”, “Tesis sobre la administración cultural”, “Una salida para la carrera de letras”, “Justicia literaria”.
 
 
O: “Los empresarios y la cultura”, “Caprichos presidenciales”, “Cultura estandarizada”.
 
 
O: “Medios y poder”, “Radio paradiso”, “Diez años sin XELA”.
 
 
O: “El Conacyt contra los autores”, “La cultura no nos importa”, “Un accidente preparado”.
 
 
Leer a Zaid en un libre ir y venir; pero leerlo completo.
 
 
Yo me detengo, por ahora, en dos de sus tesis y en un ensayo en particular.
 
 
Primera tesis. La que sostiene que lo razonable es que concurran todas las formas para el financiamiento de la cultura: el sacrificio personal, la familia, el mecenas, el Estado, el mercado. Pero ideal es que todas estas formas “respondan al sentido último de la cultura: la revelación, el asombro, las ganas o la furia por vivir, el amor al arte, la pasión de entender, la aspiración creadora, la plenitud personal y colectiva”.
 
 
A lo que podría añadirse, me atrevo a intervenir, en las artes, el riesgo, la experimentación, el quebranto del canon dominante; y, en el pensamiento, las preguntas multidisciplinarias más que las respuestas monodisciplinarias y apodícticas.
 
 
Segunda tesis. La que data en 1970, la novedad del Estado millonario. Lo que benefició, en este orden (descendente), a la clase política, a las universidades, a las artes y letras. Lo que propició, respecto a la cultura, una fauna parasitaria: mediocres hábiles, burócratas tozudos, sindicatos, ayunos de responsabilidad. Fenómeno, en fin, de la “cultura asalariada”.
 
 
El ensayo particular, ya citado por mí, es el denominado “Una salida para la carrera de letras”.
 
 
Diagnóstico: “No hay género más indigno de las letras que las tesis de letras”; “Las tesis como satisfacción de un trámite, no de un pulso creador, señala un problema general de la carrera de letras: la inapetencia”.
 
 
Salida: las “carreras de letras deberían orientarse al mundo editorial (y los aprendizajes respectivos)”.
 
 
Lo creo.
 
 
Lo suscribo.
 
 
Lea, amigo, amiga, Dinero para la cultura de Gabriel Zaid.
 
Investigador universitario.