Opinión

Pluralidad y legitimidad

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Maratón. (Cuartoscuro)

Sabemos, o deberíamos saber, desde hace poco más de cincuenta años, que una sociedad formada por personas mínimamente racionales es incapaz de establecer un orden de preferencias entre las alternativas que enfrenta. Es decir, si tenemos personas que sí pueden ordenar sus opciones de acuerdo a cuál prefieren más y cuál menos, la sociedad en que esas personas viven no puede hacer lo mismo. Sólo existen dos posibilidades en las cuáles podría esa sociedad ordenar sus opciones: si todos pensaran igual o si un dictador impusiese sus preferencias sobre los demás. El primer caso es sólo posible en grupos humanos muy pequeños, de unas pocas decenas de integrantes. El segundo es la historia de los últimos 16 mil años, o casi.

Si bien es posible que usted pueda ordenar los equipos de futbol de acuerdo a su preferencia, en el conjunto de la sociedad no existe orden alguno. Si usted le va a los Pumas, es muy probable que tenga entre los primeros cinco equipos al Guadalajara, y seguramente al fondo al América. Pero hay personas que tienen preferencias exactamente inversas, y otras que colocan en primer lugar al Cruz Azul, a los Tigres, Rayados o al Santos. Eso, que parece perfectamente normal, ocurre de manera idéntica si en lugar de ordenar equipos de futbol queremos ordenar asuntos de la mayor importancia: empleo, seguridad, crecimiento económico, derechos humanos, y lo que usted guste.

Aunque sea difícil de aceptar, buena parte de la sociedad en la que vivimos piensa muy diferente de nosotros. Incluso de forma totalmente opuesta. Y por eso tomar decisiones que afectan a toda la sociedad es algo tan difícil: no importa qué se decida, alguien estará en contra. En algunos temas, esos que están en contra considerarán la decisión un insulto y una agresión, incapaces como son de entender que muchos otros en la sociedad piensan diferente.

Para poder vivir en sociedad, entonces, los humanos experimentamos por la mayor parte de nuestra historia con sistemas autoritarios. Alguien, una persona o un grupo, decidía por todos e imponía sus preferencias. Si la imposición no era muy grave, ahí seguíamos; si no, la violencia; y ocasionalmente el fin de ese gobierno y el nacimiento de otro, que a su vez imponía sus preferencias, reiniciando el ciclo. La democracia es un experimento diferente, en el que se intenta que las decisiones siempre correspondan a lo que quieren los grupos más grandes de la población, a través de elecciones. Pero en las decisiones diarias, tienen un mayor impacto los grupos pequeños, bien organizados, que cabildean al interior del gobierno. Si ese cabildeo es excesivo, vendrá el tumulto, la violencia, y a la postre la corrección desde el gobierno. Tal vez con otras personas.

En México, este experimento no ha cumplido aún 20 años. Antes de eso, vivimos siempre aceptando las decisiones de un pequeño grupo de personas: tlatoanis, reyes y virreyes, independentistas, liberales y porfiristas, revolucionarios. En buena parte de esa historia, no sólo ese pequeño grupo decidía por todos, sino que impedía que las mayorías pensaran diferente. No siempre con éxito, claro, pero el intento siempre se hacía, especialmente en el último siglo, en el que el sistema educativo sirvió de instrumento de adoctrinamiento en las verdades revolucionarias. Me parece que esto explica la dificultad que tienen muchos mexicanos en aceptar que otros piensan diferente, incluso cuando esos otros resultan mayoría. Y por eso el tránsito de la legitimidad revolucionaria a la legitimidad democrática está siendo tan difícil. Adoctrinados por el viejo régimen, la transformación del país les parece una agresión, y por ello exigen tener otro gobierno. Los progresistas son, en realidad, reaccionarios.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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