Opinión

Plan B

 
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TLCAN

Terminó ya la cuarta ronda de renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Quizás ha sido la ronda más difícil hasta el momento. No terminó de forma abrupta con alguien levantándose de la mesa, pero las declaraciones de los tres funcionarios encargados de la negociación hacen ver que el proceso seguirá siendo complicado. El tono de los argumentos de cierre evidencia más distancia que cercanía.

Se acordó que la quinta ronda se llevará a cabo en México a mediados de noviembre y que se seguirá platicando el año que entra. A pesar de jactarse de ser un gran negociador, la postura del presidente Trump manifestada a través de Robert Lighthizer, el representante comercial de Estados Unidos, parece ser más de exigencia.

Lighthizer se quejó de que ni México ni Canadá estén dispuestos a aceptar algunas propuestas que ha hecho Estados Unidos en temas no controversiales (según Lighthizer) como la cláusula de extinción que obligaría a renegociar cada cinco años.

Estados Unidos ha manifestado que el objetivo a alcanzar en la renegociación es la disminución de su déficit comercial. Es difícil negociar un tratado comercial con ese objetivo porque el déficit que mantiene Estados Unidos (EU) es resultado de desequilibrios en el ahorro nacional de ese país que no se solucionarán comercialmente. De hecho, EU tiene déficit con México en el comercio de bienes y servicios, pero superávit si únicamente consideramos servicios.

Con Canadá, EU tiene superávit en bienes y servicios, derivado de un superávit amplio en estos últimos, aunque tiene déficit si sólo se consideran bienes.

Lighthizer expresó que lamentaba que sus socios no estuvieran dispuestos a reducir estos déficits comerciales, habiendo propuesto facilitarle a Estados Unidos la posibilidad de poner barreras a las importaciones mexicanas y canadienses. Lo que sorprendería es que sus socios hubieran estado dispuestos a aceptar esas condiciones.

Algo que cambió en esta ronda es la probabilidad de que se termine el acuerdo. Si bien aún considero que las probabilidades se decantan más hacia que el Tratado se mantenga, con cambios, el tono de esta ronda ha hecho que nos cuestionemos cada vez más qué pasaría si el acuerdo terminara.

La mayoría de las voces coinciden en que no es el fin del mundo. De acuerdo, con la acotación de que nada es el fin del mundo más que el fin del mundo en sí. Nos apegaríamos a las reglas de la Organización Mundial de Comercio y la vida seguiría. Quizás ese sería el plan B.

Sin embargo, la posibilidad real de que el acuerdo termine, nos obliga a pensar qué hemos hecho como país a lo largo de los 23 años de vida del TLCAN, pero también qué no hemos hecho.

El TLCAN cambió al país. Regiones que eran agrícolas se volvieron industriales y sectores que simplemente no existían han surgido y se han desarrollado con éxito. Algunas industrias murieron porque no pudieron competir (habría que analizar si hubieran podido ser preparadas para hacerlo) y otras se hicieron más eficientes para poder ser exitosas.

Pero como nos suele pasar, le adjudicamos al comercio la respuesta a todos los males (mismo fenómeno que el de las reformas estructurales). Las industrias que han crecido en los últimos años lo han hecho por su vinculación al comercio internacional. No únicamente porque esto les haya dado acceso a otros mercados, sino porque han sido beneficiadas por un marco legal que trasciende los caprichos de las administraciones locales, estatales o federales.

El TLCAN representa más que manufactura. El éxito de la industria automotriz no se construyó de la noche a la mañana. Han sido décadas con un marco legal constante -que le da certidumbre a las inversiones- que ha permitido el desarrollo de infraestructura y de condiciones secundarias a la inversión (por ejemplo, colegios para los hijos de los trabajadores extranjeros, gimnasios, áreas recreativas) que han desembocado, a su vez, en la generación de hubs de innovación y desarrollo en algunos casos.

Pero los beneficios del Tratado no se han extendido como nos hubiera gustado. No todas las regiones del país han visto los beneficios, ni todas las industrias y mucho menos todos los trabajadores. Pero el comercio en sí no es el responsable. Nos ha faltado, como país, el desarrollo e implementación de políticas públicas que hagan las ventajas más extensivas.

Ese es el plan B que no hicimos.

Un plan que complementara las políticas comerciales con la inclusión y el desarrollo. Quizás ahora que la vida del Tratado está en juego podamos darnos cuenta y empezar a trabajar en ello. 

Twitter: @ValeriaMoy

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