Opinión

Plagio contra apropiación

  

El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.
Roland Barthes, "La muerte del autor", 1968


La apropiación cultural ha estado presente desde los inicios del arte establecido (siglo XVII); incluso antes. La vuelta del arte griego en el Neoclásico, la exaltación del misticismo medieval del Romanticismo...

En la historia del arte abundan los ejemplos de cómo ciertos elementos culturales son adoptados e incluidos en los procesos creativos, aun cuando dichos elementos no formen parte del imaginario del artista.

Con el advenimiento de la Modernidad, la originalidad y lo novedoso fueron los pilares de la producción artística del siglo XIX. Pero al inicio del siglo XX, dos creadores pusieron en jaque estos conceptos, abrieron nuevas posibilidades discursivas para las obras: Pablo Picasso y Marcel Duchamp.

En el libro Uncreative Writing (2011), el artista y poeta Kenneth Goldsmith hace una acertada analogía de cómo opera la apropiación en estos dos artistas: Picasso como la luz de una vela y Duchamp como un espejo. Pablo, al “incorporar” en sus cuadros elementos no elaborados por él, como madera y tela, es una especie de “luz de vela que nos atrae hacia su cálido resplandor, y nos mantiene hechizado por su belleza”. En cambio, Marcel con el ready made –apropiaciones de imágenes u objetos ya hechos como La Mona Lisa de Leonardo da Vinci, o el mingitorio de Fuente– “crea un repelente, un objeto reflectante que nos obliga a girar en otras direcciones”. Así, Goldsmith explica cómo la apropiación en Picasso es una absorción de la obra misma, pero en Duchamp la apropiación genera pensamientos fuera de la obra de arte.

A pesar de estos dos claros referentes, Picasso y Duchamp, el fenómeno de la apropiación lo podemos identificar más directamente a partir de las décadas de 1960 y 1970, con el inicio de las teorías posmodernistas, abanderadas por las ideas de fin de la historia, de la originalidad y de la identidad, exaltando lo multicultural, el anonimato de la cultura de masas y, por supuesto, el pastiche, la copia deliberada de textos, imágenes, sonidos para juntarlos y crear otro producto distinto.

Andy Warhol es por mucho el artista que llevó la apropiación a niveles nunca pensados. La icónica lata de sopa Campbell’s, la caja del detergente BRILLO, las imágenes de Marilyn Monroe, Elvis Presley, Mao Tse Tung y otras.

Warhol jamás proclamó como suya el diseño de la lata Campbell’s, lo que sería un plagio, simplemente reconoció e hizo evidente el poder social, económico y cultural del ícono que se vuelve símbolo y desemboca en el mito contemporáneo. El precedente de Duchamp, llevado a sus últimas consecuencias por Warhol, puso en escena a la apropiación como la estrategia artística más practicada hasta nuestros días. Artistas como Jeff Koons y sus esculturas de Michael Jackson, la adecuación de los vaqueros de Marlboro por Richard Prince, la recreación de escenas cinematográficas de Serie B de Cindy Sherman y Sherrie Levine que fotografía de libros de arte piezas notables de la historia de la fotografía.

Lo relevante de este fenómeno, potenciado por las nuevas tecnologías digitales, no son las implicaciones legales y los debates de derecho de autor, aunque se comprende los intereses económicos en ello, sino las implicaciones éticas y estéticas que genera, pues el plagio, del latín plagium, el apoderarse de esclavos ajenos en la antigua Roma, tiene que ver con el valor monetario del poder que el ícono genera, y el reconocimiento al autor por eso.

En cambio, las consecuencias de la apropiación en el ámbito artístico, fueron la modificaron en el acercamiento a la obra, haciendo que la interpretación se volviera más importante que la creación misma, concentrando así las prácticas artísticas en la recontextualización, reonfiguración y replanteamiento de imágenes ya existentes para la creación de nuevos significados. Es un claro rasgo contemporáneo la necesidad de deconstruir o expandir los gestos anteriores.