Opinión

Pigmalión y la educación

10 febrero 2014 4:21 Última actualización 31 octubre 2013 5:2

 
Rafael Aréstegui Ruiz
 
En la mitología griega, Ovidio cuenta una historia del rey de Chipre, Pigmalión, a quién no le gustaban las mujeres porque las consideraba imperfectas, por lo que concluyó que no quería casarse ni tener compañía femenina. Al paso del tiempo, el rey se sintió solo, y comenzó a esculpir una estatua, la imaginó perfecta y se avocó a reproducir en el mármol lo que había imaginado en su mente, puso tanto empeño en su labor de escultor, que la hizo perfecta y de rasgos muy bellos. Terminada su obra, la contempló hasta que se enamoró de ella.
 

En una de las grandes celebraciones en honor a la diosa Afrodita, Pigmalión suplicó a la deidad que diera vida a su amada estatua. La divinidad, dispuesta a atenderlo, elevó la llama del altar del escultor tres veces más alto que la de otros retablos. Pigmalión no entendió la señal y se retiró a su casa muy triste. Al llegar a ella, contempló la efigie durante horas. Después de un tiempo, el artista se levantó y besó a la estatua. Pigmalión ya no sintió los helados labios de mármol, sino una suave y cálida piel en su boca. Volvió a besarla, y la figura cobró vida, enamorándose perdidamente de su creador.
 

El maestro que tiene vocación y compromiso trabaja con sus estudiantes de la misma manera que Pigmalión con su escultura, busca en ellos su perfección, una y otra vez se empeña en lograr que sus estudiantes aprendan, se comprometan con su futuro, adquieran valores y sean capaces de enfrentar y resolver los problemas a los que se enfrentarán en la vida cotidiana.
 

El maestro les dedica a sus estudiantes no sólo las horas frente a ellos en el salón de clases, prepara el material y los contenidos en su casa con los que trabajará con sus educandos, realiza su planeación, se angustia al momento de evaluarlos y sufre cuando sus alumnos no ponen atención.
 

Cabe preguntar si otras profesiones que tienen la responsabilidad de atender seres humanos tienen el mismo compromiso que la profesión de maestro, porque, además debe lidiar con los padres que se desentienden de la responsabilidad de acompañar en el esfuerzo de que sus hijos aprendan y que incluso consideran que una llamada de atención por parte del mentor es ofensiva a los derechos de sus hijos.
 

Ante este panorama, desfavorable a la labor del docente y satanizada principalmente por los medios de información que se han adjudicado el derecho de formar opinión, sin reparar la tremenda destrucción de principios que llevan a cabo desde sus series colmadas de violencia y carentes de valores, es bueno preguntarse, porqué las cadenas no ponen esfuerzo, traducido en tiempo para darnos una televisión de calidad, es decir con un poco de cultura, que refuerce la titánica labor educativa que nuestro país reclama.
 

También cabe cuestionar si los distintos niveles a de gobierno asumirán esta vez lo que quedó plasmado en la ley y que durante muchos años sólo fue recomendación no atendida de la UNESCO.
 

Hoy la Ley General de Educación establece en su Artículo 25: “El ejecutivo federal y el gobierno de cada entidad federativa, con sujeción a las disposiciones de ingresos y gasto público correspondientes que resulten aplicables, concurrirán al financiamiento de la educación pública y de los servicios educativos. El monto anual que el estado -federación, entidades federativas y municipios-, dirija al gasto en educación pública y en los servicios educativos, no podrá ser menor a 8% del producto interno bruto del país, destinando de este monto, al menos el 1% del producto interno bruto a la investigación científica y al desarrollo tecnológico en las instituciones de educación superior públicas. En la asignación del presupuesto a cada uno de los niveles de educación, se deberá dar la continuidad y la concatenación entre los mismos, con el fin de que la población alcance el máximo nivel de estudios posible”.