Opinión

Pies en polvorosa

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil revisó sus recortes de prensa. En el escritorio de finas maderas aparecían varias noticias de Ficrea, ese fraude enorme en el que un fondo de inversión atoró, o como se diga, a seis mil 400 ahorradores despojándolos de su dinero. Gamés imagina escenas dantescas: quiero retirar una parte de mis ahorros. ¿Cuáles ahorros, señorita? A veces, a Gilga le dicen señorita. Quiero una parte de lo que he depositado en esta ventanilla desde hace dos años. No, señorita, con la pena, pero no hay dinero, los empleados no tienen idea de qué se trate esto y del dueño ni sus luces. Y se los cargó el pintor: cero billetes.

Rafael Olvera Amezcua, socio mayoritario de Ficrea y Leadman, puso pies en polvorosa después de defraudar unos dos mil 700 millones de pesos. Leyeron bien: dos mil 700. Los abogados le dijeron: licenciado, píntese de colores porque le pisan los talones. ¿Y por qué me siguen si sólo me robe dos mil 700 millones?

Según su periódico El Universal, las autoridades mexicanas habrían (el verbo de la incertidumbre) prevenido a Amezcua para fugarse a Estados Unidos, donde ha realizado operaciones bancarias y visitado dos de sus propiedades. Siempre según su periódico El Universal, Amezcua sobornó a funcionarios del área de inteligencia financiera de la Secretaría de Hacienda. Le pidieron 90 millones de pesos y desde luego él los pagó. Aigoeei.

Embaucadores

Día tras día aparecieron de entre las sombras de la vergüenza ahorradores que compraron la lentejuela de Ficrea como si se tratara de joyas valiosas. El Tribunal de Justicia del Distrito Federal, el gobierno de Chihuahua, los municipios de Naucalpan y Tlalnepantla, realizaron inversiones millonarias en Ficrea que el dueño retiraba de inmediato para comprar propiedades en Estados Unidos. En las oficinas, públicas y privadas, siempre hay alguien que se siente un genio de las finanzas: wey, los bancos son inservibles, te retienen el dinero y no te dan intereses. Conozco una sociedad de inversión acá donde te devuelven el 15 por ciento, escuchaste bien, de interés. Vamos a meterle wey, no hay forma de que salga mal. Y ya ven.

Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y hesitó: ¿es posible que operaciones de tantos cientos de millones de pesos ocurran en las narices de Hacienda, de la Comisión Nacional Bancaria y de Dios nuestro señor sin que alguna autoridad tome nota?

Gamés lo leyó en su periódico El Universal. En su huída, la familia Olvera Amezcua abandonó en el Club de Golf de Bellavista, estado de México, seis casas y cien coches. No lectora, no lector, no se trata de una errata: los Olvera Amezcua tenían cien automóviles. De hecho, compraron una casa para usarla como un cobertizo y guarecer más de una centena de coches. Audi, Fiat, Mercedes Benz, Lamborghini, Porsche, BMW, Cheyenne, Ashton, Viper, GNC y, desde luego, un Rolls Royce modelo Phanton. No exageren, Gil tiene algunos vehículos de esa envergadura en su cochera. De que se ríen, Gamés es solvente como el thinner.

Ositos

Silvia Tortolero, esposa de Olvera Amezcua, conducía en días humildes una Porsche Cayenne gris plata. En esa camioneta hacía el súper. Estos vehículos automotores los importan de Alemania, Gamés lo sabe porque hace algún tiempo le obsequió una camioneta así a la señora Gamesa. Cuestan cualquier cosa esos artefactos, entre 800 y 900 mil pesos. Olvera Amezcua no es un hombre mezquino, sobre todo porque gastaba el dinero de los otros, nunca el propio. Al parecer, para ser generoso hay que gastar el dinero de los vecinos: te regalo este coche que compré robándole a un incauto que confió en mí. Pas mal. Olvera Amezcua manejaba una Range Rover gris oscuro, en esa camioneta volaba a su oficina de Palmas cuidado por 20 escoltas. ¿Qué querían? ¿Diez guaruras? Por Dios, 20, mínimo, equivalente a un comando árabe, nomás faltaba.

Alrededor del club de golf, el señor Olvera Amezcua tenía seis casas con un valor de 40 millones de pesos, una bicoca, la verdad. Como en el cuento de Ricitos de Oro, en ellas vivían todos los ositos: oso-papá, osa-mamá, osita-hija y osito-hijo. Unos ositos muy ladrones, por cierto. En las versiones modernas de los cuentos infantiles figura hoy en día un protagonista central: el corrupto. El oso-papá paseaba en un Rolls Royce que se compró con el dinero que le robó a los ahorradores, pero en el fondo era bueno. Y todos vivieron muy felices.

Las máxima de Franklin espetó dentro del ático de las frases célebres: “Presta dinero a tu enemigo y lo ganarás; préstalo a tu amigo y lo perderás”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX