Opinión

Piazza

 
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Luis Guillermo Piazza. (www.letralia.com)

A Hernán Lara Zavala.

Uno. No pocas coincidencias me ligaron, por lustros, a Luis Guillermo Piazza, amigo entrañable, mi primer editor; en el número selecto de aquellos cuya ausencia pesa en estos días al garete, cada vez más acusados los signos de una profunda decadencia de la Nación Mexicana. Sigo leyendo, en el Mar de Fondo que meses atrás asoló el litoral Pacífico, una metáfora de la fangosa arena suelta en las que se asientan sociedad, Estado, gobierno y partidos vernáculos.

Dos. ¿Qué coincidencias? Abogados ambos, compulsivos de la letra impresa pero abiertos a los lenguajes industriales, más heterodoxos que ortodoxos, cronistas, retratistas al par amorosos y crueles de la fauna cultural, injertados en los 50 en la ciudad de México (él, procedente de Córdoba, Argentina; yo de Taxco, Guerrero Mártir). Si las generaciones se miden por década y media, me llevaba generación y pico.

Tres. Vengo sosteniendo que la Guerra Sucia post 68, persecutoria, aniquiladora, se reprodujo en el terreno disque espiritual de la cultura.

Con la irrupción de bandos y su lucha sin cuartel por el poder cultural, traducida en revistas y suplementos, cercanía abierta o aviesa con el príncipe en turno y los poderes mediáticos, surgieron, antes que en el narco, los “encobijados”, los “levantados”, los “desaparecidos”.

Cuatro. Evidente en los casos de Martín Luis Guzmán, Salvador Novo, Agustín Yáñez, Rafael F. Muñoz, Rafael Solana, Luis Spota y Mauricio Magdaleno, por pecados de oficialismo, la lista de la ‘operación pozole’ creció exponencial. Esto en la medida que la figura del intelectual crecía socialmente. Por cierto ningún amigo sociólogo me explica por qué si la Revolución Mexicana, nuestro “deep web”, colocó en el podio a campesinos, obreros y clases populares, a partir de los 60 lo desplazaron escritores, pintores, académicos; en particular, los metidos en la crítica política de coyuntura sin ocultar sus preferencias a la digamos izquierda del espectro.

Cinco. Uno de tales “encobijados”, “levantados”, “desaparecidos” fue Luis Guillermo Piazza. Lo que contrasta con su fulgor, influencia, activismo cultural, editor, crítico, animal de los medios, “socialité”, a lo largo fundamentalmente de los 60, ya reconocida como la Edad de Plata de nuestra cultura del siglo XX. Como Emmanuel Carballo, como Carlos Monsi Monsiváis, dispensó famas y oscuridades. Con José Luis Cuevas disputó el bautizo de la Zona Rosa.

Seis. En lo personal, le reproché no haber frenado mi impaciente (se me venían encima los 30 años), off side, debut novelístico (La aproximación, fallida antinovela, “mariguanada”, según Francisco Zendejas); pero le agradecí su fe en Vida en Londres, revancha, mi primer best-seller, a un pelito del premio Villaurrutia.

Siete. Contra la muerte de escritores de ligas mayores, no hay mejor antídoto que el de la lectura premeditada de sus obras esenciales. Otra cosa serían los homenajes, fiesta de la burocracia para engrosar informes de actividades, si se esmeraran, en vez de en el lugar común de los elogios, en incentivos, talleres, recitales, lectura en voz alta, dramatizaciones radiofónicas, de lecturas selectas (tarea ya iniciada en los 60 del pasado siglo por la colección discográfica Voz viva).

Ocho. En el caso de Luis Guillermo Piazza, la recomendación de primera lectura o relectura, comprende, entre otros, a tres títulos. La navajera novela non fiction intitulada, sin mayor trámite, La mafia, irreverente y documental daguerrotipo del poderoso y excluyente grupo intelectual pastoreado por Fernando Benítez. Y dos libros de ensayos que ponen en alto la insobornable modernidad, curiosidad, erudición de lo actual, del autor que proponía, como atracción turística para visitantes latinoamericanos, ver escribir a Carlos Fuentes.

Nueve. Aludo a El país más viejo del mundo, anticonvencional revisión de la cultura norteamericana; y a Tragedia y farsa del terrorismo en América Latina, que, por ejemplo, arroja luces inesperadas sobre el subcomandante (y subpoeta) Marcos.

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