Opinión

Piazza, la mafia

Nuestro apetito (decir curiosidad sería mentir) cultural peca de anoréxico: deglute y ya. Decir “digiere” también sería faltar a la verdad nacional. ¿Qué verdad? La antropológica y metafísica de un pueblo cuyo único fatum es sentarse (un cuatrienio, un sexenio o 36 años como Don Porfis) en la Silla Presidencial. Acéptelo usted.

Nuestra única tenaz, en veces rapaz, angustiosa pulsión pública es ser Presidente de la República. Gubernaturas, presidencias municipales, cámaras legislativas, ministerios, organismos autónomos son mero trámite, tránsito, a La Grande (Fox como prietito en el arroz: co—presidente).

Decía, pues, que nuestro anoréxico apetito cultural únicamente deglute. Lo demás es olvido. Verdadera marca patria, más que la Imitación Extralógica, el Complejo de Superioridad, la Laberíntica Soledad, o el Mal de Moll. Señal imborrable de nuestra clase media (porque la popular no cuenta, y la alta cuenta pero sus doblones).

Piénsese en nuestra literatura del siglo XX, una de nuestras más altas hogueras en el desierto. Santa, Los de Abajo, La sangre devota, Ensayos y poemas, Visión de Anáhuac, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, El águila y la serpiente y La sombra del caudillo (corren de la mano), Muerte sin fin, Al filo del agua, Confabulario, El llano en llamas y Pedro Páramo (tándem), Dios en la tierra, La muerte de Artemio Cruz, la extraordinaria serie La costumbre del poder; y un robusto etcétera.

En vez de incorporarlos al torrente circulatorio, a la sub piel, a los músculos, a la mente, a la memoria; si bien les fue, los deglutimos y a ver quién se acuerda después (aunque, verdad es, en alguna zona del inconsciente nacional, se guarda, cosa que no se explican los académicos profesionales, una inderogable afición a Gamboa tratante de blancas y Spota tratante de políticos logreros).

Invoco el ejemplo de Luis Guillermo Piazza, amigo dilecto, mi primer editor, gran neo periodista, sarcástico, influencia directa y consentida de mi primer best-seller, Vida en Londres, por un pelito Premio Villaurrutia (por confirmar).

Y, en su momento dorado árbitro de escritores, argentino cordobés de origen, dador o negador de famas, surtidor de actas de nacimiento o defunción literarias. Como lo fueron Emmanuel Carballo y Carlos Monsiváis. A Paz lo coloco aparte, porque sus filias y fobias tenían más de dictados disparados, Olimpo arriba, por Zeus, que de juicios terrenales. Y aclaro que mientras Piazza y Carballo se ajustaron, en el fondo, a las letras, Monsi acabó de catador de la Cosa Pública.

A lo que voy.

Si bien la bibliografía del compadre Piazza (crónica, novela, poesía, ensayo) no es precisamente nutrida, a él debemos dos títulos decisivos, clásicos me atrevería a decir, de los 60’s. Títulos proporcionalmente inversos al olvido (deglutimos, no digerimos) que los empolva.

¿Qué títulos? El país más viejo del mundo (1964) y La Mafia (I967).

Y si el primero prueba la tesis de Gertrude Stein (guru de la Generación Perdida y del propio Luis Guillermo), de que, por una serie de factores, principalmente su concepción comercial, Estados Unidos se adelantó al siglo XX occidental; el segundo informa la más gozosa, aguda, psicodélica, mordaz, exacta radiografía del sistema literario de una década que en vez de estudiar lloramos a moco tendido.

Década, la de la segunda revuelta sociocultural del siglo XX mexicano (la primera mezcló a Modernistas y Ateneístas), que acaba politizada en el sentido fatal arriba mencionado: La Silla, La Grande.

Me detengo en La Mafia. Al mismo tiempo Anatomía, Glosario, Álbum, Cuadro de costumbres intelectuales con la Zona Rosa como escenario dominante. Me detengo, también, en una anécdota mordaz. Un sábado, Piazza la hace de guía de un distinguido grupo de extranjeros recién aterrizados. ¿Dónde los lleva? Aquí, a CU, al Museo de Antropología fresca aún la pintura, a San Ángel, a Coyoacán. Fuera de la Ciudad de México, a Teotihuacán. ¿Y en cuanto a las figuras más vistosas de la intelectualidad amafiada? Sólo Cuevas.

Pero hay otra anécdota turística. Me la cuenta comiendo en el Champs Elysé, todavía con una sección al aire libre con vista al Paseo de la Reforma. Le cae una tía cordobesa. Agota los sitios llamativos dentro y fuera de la Ciudad de México, pero seguía faltando una experiencia exótica fuerte.

Entonces regresa a la tía a San Ángel para que viera escribir a Carlos Fuentes. Recién bronceado. Playera POLO. Libros. Ambiente colonial. Un solo dedo sobre el teclado vertiginoso. Retrato de Zapata. Parece que a Carlos, enterado de la anécdota (¿real? ¿inventada?), y sobre todo de su uso malicioso, el asunto maldita gracia que le hizo.

Ya lo comenté en mi estudio generacional (sigloveinte@lit.mex ). Pero digno de especial cometario es cierto contenido, además del jocoso descriptivo, tanto reflexivo como profético. Dejo para otra ocasión la parte reflexiva. Evoco, ahora, dos augurios.

Augurio uno: “Cuando vuelva Paz va a formar su propia mafia”. Augurio dos: “Cuando vuelva Fuentes va a arrasar con todos con todo”.

¡Bingo!

Paz: Plural, Vuelta; la gran influencia, que usted puede llamar influyentismo en las instituciones que inyectaron dineros a porrillo a una República de las Letras más bien menesterosa. ¿Qué instituciones? Conaculta, Fonca, SNC.

Fuentes: Rey indi
scutible, con todo y la decadencia final, de la Narrativa Mexicana del siglo XX.
Busque, le conviene, El país más viejo del mundo, La mafia.

No se arrepentirá.