Opinión

Pesadilla bolivariana

 
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Dilma Rousseff

Como usted sabe, Dilma Rousseff fue desaforada en Brasil, y en el transcurso de 180 días será investigada, y muy posiblemente separada definitivamente de la presidencia. Todo indica que sí cometió el delito que se le imputa, y que se convirtió en un serio problema no por el delito en sí mismo, sino por la descomposición política del gobierno. Es precisamente esa pérdida de apoyo político de Dilma lo que la llevó al desafuero, y creo que es muy claro que el precipicio se abrió frente a ella cuando decidió cubrir a Lula con un puesto en su gabinete.

Al respecto, leí un par de muy buenos textos este fin de semana. Uno de John Paul Rathbone en el Financial Times, y el otro de Rafael Rojas, en La Razón, acá en México. En ambos se enfatiza el mantenimiento del orden institucional en este proceso, y el origen político del desafuero, que no es otra cosa que el equivalente a la pérdida de confianza de un sistema parlamentario, como ya se había comentado en esta columna hace semanas.

Nada de extraño tiene esto: cuando las cosas van bien, hasta los errores dan buenos resultados, mientras que cuando las cosas van mal, nada sale. La insistencia de Dilma en un “golpe de Estado” en su contra sólo reitera la seria confusión de los políticos entre ellos mismos, el gobierno, e incluso el país. De pronto entienden los ataques en su contra como amenazas al futuro de la patria, mientras que cuando eran oposición no tenían empacho alguno en poner en riesgo el orden institucional con tal de ganar el poder.

Pero más allá de las personalidades de Lula y Dilma, y de sus errores políticos, lo relevante sería analizar si su paso por el poder benefició o dañó a Brasil. Durante algunos años, ese país fue promocionado no sólo como una estrella en ascenso entre los países emergentes, sino que además la izquierda global lo usaba como evidencia de que gobiernos de ese signo eran capaces de reducir la desigualdad y la pobreza. En esta columna insistimos en que Lula vivía de las reformas estructurales que hizo su predecesor, Fernando Henrique Cardoso, y del boom de las materias primas. Ahora, creo, no debe haber duda de ello. Los gobiernos de Lula y Dilma no promovieron reformas que hicieran más competitivo a Brasil, pero sí incrementaron el gasto del gobierno y el uso 'social' de Petrobras. Mientras se vendía de todo a China, esto funcionaba; con el estancamiento del motor asiático, todo se vino abajo.

Y, lo más importante, el legado de Lula y Dilma no es un país más competitivo, o una economía más productiva, sino un gobierno con mayor déficit, mayor inflación, y mayor deuda.

Pero el caso de Brasil es el menos malo de la izquierda populista sudamericana del siglo XXI. En Argentina ya se procesa a Cristina Fernández por la tragedia fiscal en que metió al país. De nuevo, el gobierno de los Kirchner no legó mejores condiciones a su país, sino más deuda, más inflación y más déficit. De Venezuela, ni hablar, es una verdadera tragedia lo que ha ocurrido, y el país está al borde del derrumbe total.

Tal vez puedan existir gobiernos de izquierda que no lleven a sus países a esta combinación de grandes deudas, déficit e inflación, pero en América Latina no creo que hayan existido. Baste recordar a nuestros priistas de izquierda, Echeverría y López Portillo, y lo que nos legaron. Ahí queda, por si quieren escarmentar en cabeza ajena.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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