Opinión

Perspectivas de crecimiento

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   [El convenio más activo del crudo WTI con liquidación en marzo aumentó 1.69 dólares a 97.41 dólares por barril./Reuters] 

La caída de octubre a la fecha, de más de 50 por ciento de los precios del petróleo, es vista por los organismos internacionales como un estímulo positivo para el crecimiento económico mundial, que según el FMI se prevé de 3.5 y 3.7 por ciento para 2015 y 2016. La reducción del costo de las importaciones petroleras y por tanto de sus gasolinas, como en España, se convierte en un aliciente importante; sin embargo, en los exportadores de petróleo como México el impacto resulta negativo, contrario de la economía global en su conjunto.

Tanto el Banco Mundial como el FMI han ajustado su proyección respecto al crecimiento económico de México en 2015 y 2016, de 3.5 a 3.2 por ciento y de 3.8 a 3.5 por ciento respectivamente, inferior a su pronóstico anterior. El precio del petróleo está por debajo de 40 dólares y las perspectivas optimistas lo dejan muy lejos de lo que se esperaba hace algunos meses para este 2015, además del deterioro del tipo de cambio.

Ya se han comentado los seguros que ayudan a compensar los ingresos presupuestales -las coberturas- este año, habría que ver la dimensión de sus alcances, y el FEIEF en el caso de los ingresos de las entidades federativas. Lo cierto es que, como han manifestado diversos analistas, el problema es ir pensando qué pasará en 2016 si no cambia la situación descrita, cuando es evidente que en este juego del precio del petróleo no somos actores relevantes. Estamos ante un juego de estrategias políticas que incluyen a las potencias y a la OPEP, en el caso del mercado petrolero y a las potencias en el caso de la política internacional en un juego de poder.

Es claro que en el caso del comercio exterior del país, las exportaciones de petróleo son apenas una pequeña parte, siendo más importantes las de la industria automotriz, principal exportadora y generadora de divisas, con la diferencia de que Pemex es una entidad pública y las otras son empresas transnacionales.

Desde la presentación del Informe Económico de México que hizo la OCDE, quedó claro que se tendrá que ajustar el gasto público, aunque considero de manera gradual, si no cambia el escenario actual, por lo que tendrán que tomarse las previsiones pertinentes. En este caso me refiero a las entidades federativas.

Al respecto, éstas tendrán que considerar lo anterior, porque los ingresos provenientes del FEIEF deben ser considerados con prudencia, en virtud de que en cierto sentido se pueden considerar extraordinarios, dado que la bolsa disponible no es ilimitada. Tendrán que revisar sus prioridades.

Nuestro reto para crecer al ritmo que requiere el país está condicionado al abatimiento de la desigualdad. Es cierto, hemos mejorado los indicadores de bienestar y los niveles de vida de un gran número de familias mexicanas, pero por otro lado se ha multiplicado la desigualdad; todavía millones de mexicanos se encuentran en situación de pobreza extrema.

Lo anterior obliga a revisar las bases de nuestro sistema de coordinación fiscal, ante la virtual fragilidad de las finanzas subnacionales y locales. Revisar, por ejemplo, la distribución de potestades tributarias para que tengan facultades con un potencial recaudatorio importante; revisar los pari passus, tanto los programas que los contemplan como su estructura.

La concentración de las nóminas de educación básica, una vez concluido el proceso, darán un alivio a las finanzas estatales, además de las ventajas que tiene el hecho de que sean pagadas desde la SEP, tanto para su depuración, como para evitar el manejo inadecuado de las mismas por parte de las secciones sindicales.

En suma, se deben considerar con cuidado las acciones a realizar.

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