Opinión

Perros y gatos

Se supone que deberían quererse y respetarse. Que Juan debería admirarlo y agradecerle todo lo que ha hecho por él, pero lo único que hace es retar su autoridad y cuestionarlo todo el tiempo. Está harto y desesperado, le dan ganas de correrlo de la casa para que sepa lo que cuesta ganarse la vida.

Enrique tiene 55 años, abogado corporativo, trabaja desde los 19 años. Comenzó a hacerse cargo de sí mismo cuando terminó la preparatoria. En la casa de sus padres las becas se acababan con la mayoría de edad. Después había que pagarse la escuela, la gasolina, el cine, los cafés, los regalos para la novia. Fue difícil trabajar y estudiar. Casi siempre estaba tan cansado que ya no le quedaba energía para salir a divertirse.

Juan tiene 20 y vive en un mundo distinto. La vida de su padre le produce flojera y rechazo. Lo considera un esclavo del sistema, lacayo del capitalismo, conservador y obsesionado con el orden y la responsabilidad. Juan quiere ser artista plástico, odia los horarios, se considera liberal y jamás trabajaría para nadie más que para sí mismo. Cualquier actividad que no involucre la expresión libre de la creatividad le parece patética.

Parecen perros y gatos. Enrique lo confronta todos los fines de semana porque vive de fiesta en fiesta y luego se pasa el domingo durmiendo. Le reclama su consumo de marihuana y alcohol. Le recuerda el dineral que paga para que intente ser “artista”. Pronuncia la palabra con sarcasmo y desprecio. Le ha dicho (gritado) mil veces que las artes plásticas no le alcanzarán para vivir de forma independiente. Juan se siente ofendido porque su padre no confía en su talento, sólo se fija en frivolidades como su ropa y sus calificaciones.

Perros y gatos, contrapunteándose a la hora de la comida, para elegir una película en el cine, en sus opiniones sobre los partidos políticos, en sus gustos musicales. Hablan idiomas distintos. Enrique usa palabras sofisticadas. Juan culmina cada frase con un “wei” o con un "chale". Nunca están de acuerdo en nada. Juan cree que su padre lo odia. Enrique cree que Juan no lo valora. Pertenecen a dos generaciones distintas. Enrique nació clasemediero y tuvo que trabajar para pagarse la carrera, comprar una casa y ser capaz de mantener a una familia. Juan ha vivido cómodamente desde que nació, estudiando en escuelas privadas, viajando, manejando un auto desde los 16. Ha cambiado de carrera tres veces, pero es su búsqueda y tiene derecho a equivocarse, piensa.

Enrique y Juan se quieren. Atraviesan tormentosamente por las crisis de la madurez y la adolescencia muy tardía. La combinación ha sido explosiva y desgastante. Ambos están obsesionados con ganar una guerra absurda. Enrique tiene miedo por el futuro de Juan y no encuentra ninguna referencia en su historia personal para entender el consumo entusiasta de marihuana y alcohol de su hijo, ni su falta de claridad vocacional. El amor se le vuelve furia cada que habla con él, intentando hacerle entender que el talento sin esfuerzo no sirve de nada. Juan admira a su padre, pero se siente incomprendido. Se da cuenta de que sus ideales artísticos y de igualdad de clases, no combinan bien con su apego por la buena vida que su padre paga. No está dispuesto a renunciar a ella y tampoco a aceptar que tiene una adicción que lo ha vuelto depresivo y excesivamente autoindulgente.

Enrique lleva la mano porque es el padre de esta historia. Tiene que dejar de gritar e insultar para poder conversar pausadamente con Juan, que necesita la dirección clara pero pacífica de alguien que lo ama a pesar de todo.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com
Twitter: @valevillag