Opinión

Permítame llamarle Don José


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Joselito Adame

Joselito Adame es una historia que los mexicanos debemos conocer para estar orgullosos de un compatriota que ha seguido un sueño y lo ha realizado con vocación, mucho sacrificio y entrega. Fórmula que en cualquier aspecto de la vida funciona, sólo hay que tener el valor de asumirlo e intentarlo.

A los 11 años debutó como becerrista y fue parte de una cuadrilla de niños toreros que se presentaban en pueblos y algunas ciudades, época de poco glamour y menos dinero; al contrario, su padre hubo de poner recursos para los gastos, hoteles y carreteras. Años duros en los que el niño tomó la decisión de renunciar a su infancia en busca de un sueño casi imposible.

“Llegar a ser figura es casi un milagro. Al que lo logra podrá el toro quitarle la vida, pero la gloria jamás”, reza una leyenda en la Escuela de Tauromaquia de Madrid para que todo el que ingrese dimensione lo que significa y cuesta intentar ser figura del toreo.

A Joselito le conocí en abril de 2002, durante una entrevista para la revista Matador. Con 13 años, llevaba dos como becerrista, una simpatía por momentos forzada ocultaba el verdadero carácter de este hombre que con 15 años ingresó a la Escuela de Tauromaquia de Madrid para tatuarse en la mente y en el alma aquella frase y entregarse a una vida de torero en espera de lograr el objetivo.

Años prácticamente en el anonimato taurino, aprovechando las oportunidades y asumiendo las injusticias del complejo mundo del toro, en el que pese a los triunfos no siempre eres tomado en cuenta. La personalidad risueña se fue convirtiendo en seriedad, amable, pero parco y siempre con una misma idea en la cabeza: triunfar a toda costa. Con sangre ha pagado esta aventura; son tres cornadas y dos fracturas.

La madurez del torero se presenta en diferentes aspectos, uno cuando asume un plan de trabajo, y para Joselito llegó en 2013 al firmar su apoderamiento con Casa Toreros, empresa que ha llegado a la Fiesta para aportar, innovar y promover con una visión distinta este maravilloso espectáculo. Dos, torear como se es, apostar por una manera de sentir el toreo y ejecutarlo. Tres, estar en cada plaza con los mismos argumentos y entrega para todos los públicos.

Adame ya está ahí, el 25 de abril, Día de San Marcos, se encerró con seis toros en la Monumental de Aguascalientes y con un lleno hasta la bandera ha hecho historia. Sus detractores, mexicanos y extranjeros acomplejados que intentan demostrar que saben más por el hecho de negar lo obvio, han callado. Los han silenciado con toreo, con entrega y con verdad. Los buenos aficionados, sin embargo, han disfrutado con la consolidación de un torero a figura del toreo, que no es cosa fácil; lo más complejo no es el toro, es llevar gente a los tendidos y el sábado bajo el solo conjuro de su nombre reunió a 14 mil almas.

Al día siguiente en Pachuca terminó otra vez el boletaje (nueve mil personas), esta vez en fórmula inequívoca empresarial: una figura consolidada, el maestro Pablo Hermoso de Mendoza; un torero en vías y que este fin dio el golpe definitivo para serlo, Joselito Adame; y un joven con aptitudes y capacidad para llegar, Sergio Flores, ante toros bien presentados de Los Encinos y Torreón de Cañas. Con el atractivo extra presentado por Pasión Ganadera, de alternar el espectáculo taurino, respetando tiempos y formas, con la cantaora María Toledo, la tarde resultó emocionante y llena de matices alegres que hicieron que la gente saliera feliz del coso hidalguense.

Por todo esto y por su forma de ejecutar el toreo, permítame llamarle Don José.

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