Opinión

Perdón, ¿así nada más?

 
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Enrique Peña Nieto

Con la rapidez con que el tiempo vuela, ya han pasado tres semanas desde el día del perdón, bueno: más bien desde el día en que se pidió perdón, que es diferente. Y nada trascendente ha sucedido más allá de la boruca inicial en los medios. Las cosas para todo efecto práctico en torno al grave asunto siguen igual, si no es que peor. Por la burla.

Para los aduladores de siempre, el hecho de que el señor Presidente en persona, frente a cámaras y micrófonos, haya solicitado a sus gobernados ser objeto de perdón por el “grave error” en que incurrió (ya no se sabe si él o su esposa, pues antes dio a entender que en todo caso fue de ésta) es, a los ojos de esos aduladores, un gesto tan insólito que deberíamos agradecer --no criticar-- al señor Presidente.

Poco les faltó para decirnos que fue algo histórico, en sentido epopéyico. Hasta dónde hemos llegado.

Ingratos, no sabemos valorar debidamente tan “espantable grandeza”, en palabras de don Miguel de Cervantes. Pero, ¿en realidad es, o fue así? Es necesario plantearse al respecto algunas preguntas de mero sentido común. No se trata desde luego de una lección de catecismo. Menos aún en un estado laico. Dios nos libre.

Antes de continuar, cabe recordar que el “error grave” por el cual el señor pidió perdón, supuestamente no implicó infracción alguna a la ley.

Con toda oportunidad un servil paniaguado así lo dictaminó plenamente.

En un régimen donde el incumplimiento de la ley es práctica cotidiana en las esferas gubernamentales, todo se puede admitir y aceptar, menos que se desprecie, infrinja, violente, incumpla la sacrosanta ley. Y eso que se procura diseñarla a modo y a la medida. Ya lo decía Cervantes en su conocido refrán: "Allá van leyes, do quieren reyes”.

Si en verdad se es consciente de no haber transgredido la ley, que curiosamente en un régimen de simulación será lo último en admitir, pero sí se acepta haber incurrido en falta, el sentido del perdón va entonces en otra dirección. Se adentra en el terreno de la ética. Y en el campo de ésta, ciertamente en el extremo, debió haber presentado su renuncia al cargo, luego de tantos engaños, picardías y agravios, en primerísimo lugar el causado a la periodista Carmen Aristegui, pero en general a todos los mexicanos. En otros países, por faltas aun menores hemos visto que ese ha sido el desenlace. Aquí no.

El señor pidió perdón. ¿Por el solo hecho de solicitarlo se entiende concedido? Obviamente no. El simple sentido común indica que no puede ser merecedor de tal quien acude a este expediente sólo para salvar la imagen, y menos aún si fue con algo de show mediático y una claque de aplaudidora. "¿Cómo saber si es sincero? Sólo si toma medidas verdaderamente eficaces que así lo demuestren, de entre un menú casi infinito, empezando con el ejemplo y testimonio de su propio caso. En otras palabras, con demostración de sincero arrepentimiento, propósito de enmienda y algo de penitencia. Y conste que no se trata de una lección de catecismo. Mero sentido común en el ámbito de la ética. De no ser así, estaremos frente a una nueva tomadura de pelo.
 
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