Opinión

Perder el amor

No termina de quedarme claro si estoy deprimido o si simplemente nunca desarrollé pasión por nada. Porque desde hace tiempo tengo la sensación de que la vida se me va, que no la alcanzo porque no tengo fuerzas para perseguirla. Para amar lo que parecen amar otros: vivir con alguien, tener un hijo, conocer el mundo, trabajar en algo interesante.

A mí todo me parece nada. Si logro algo, casi no siento nada. Si no consigo algo que me había propuesto, me resigno y me convenzo de que así fue mejor.

Pero me pasa todo el tiempo que no sé si así he sido siempre o en esto me convertí: en un tipo que se conforma con la vida sin ambicionar nada. Me acuerdo que hubo otro tiempo en el que me apasionaban algunas cosas: la música, la poesía, la historia universal, la literatura latinoamericana. No sé en dónde se me perdió la pasión.

Mi padre dice que soy un mediocre. Que las dudas y la pasividad no tienen justificación. Que yo debería haber logrado ser su mano derecha en el despacho, pero yo nunca quise trabajar ahí. Es un buen tipo, pero capaz de aniquilar a cualquiera que no piense como él.

Mi madre se preocupa por mí. Dice que estoy flaco, que llevo mucho tiempo sin pareja desde que me divorcié, que si no pienso enamorarme otra vez y darle la alegría de un nieto. Mi madre siempre ha disculpado todas mis fallas y omisiones y nunca se ha cansado de decirme que soy un hombre lleno de cualidades. Pobrecita, ha necesitado engañarse para no enfrentar que su hijo tiene 38 años y está en bancarrota de logros e ilusiones.

A nadie puedo decirle que desde que Natalia me dejó la vida perdió sentido. Fue la única mujer, además de mi madre, que me hizo sentir aceptado. Un pobre tipo se convirtió en un hombre afortunado gracias a que ella me quería. Por eso cuando se fue, se llevó lo bueno que había en mí. Haber perdido su amor me ha hecho sentir que soy indigno y mala persona. Cuando se fue tuve que enfrentarme a la soledad, a la angustia, al dolor de que ya no me quisiera.

Pero mientras la tuve junto a mí, no la valoré. Jamás cedí a sus deseos. Fui incapaz de hacerla feliz llevándola al teatro o al cine, porque a mí no me gustaba. Me quedaba dormido los sábados por la noche mientras ella estaba despierta y consumida de deseo. El alcohol en exceso y el amor son enemigos, pero no me di cuenta, no vi la gravedad de mi egoísmo. Me dejé querer como si fuera un niño y no era capaz de corresponderle como adulto. En el fondo, creo que le ponía pruebas para saber si realmente me quería. Me portaba indiferente, me llenaba de trabajo y siempre estaba cansado. No le decía que la quería, que me gustaba, que me encantaba de vestido, que adoraba su sonrisa y su sentido del humor.

Ahora sólo puedo pensar en recuperarla pero sé que es imposible. Se fue para siempre. Logré destruir el amor que me tenía. Le grité, la celé, le exigí devoción, le pedí que se adaptara a mi vida y a mis gustos pero fui incapaz de hacer lo mismo por ella. Fui un macho. Me iba todos los viernes a beber con mis amigos pero me enojaba si ella hacía planes sin consultarme.

Por mi culpa estoy solo. Es imposible resarcir el daño que he hecho. Me siento incapaz de volver a empezar. La extraño, me hace falta todos los días y sé que nunca encontraré a nadie como ella.

Sigo preguntándome si estaré deprimido. Casi sin darme cuenta, rompí en pedazos el amor que alguien quería darme. Quizá recibí demasiado y me exigieron poco. Quizá no estoy dotado para dar y para compartir.

–Lo irrecuperable produce impotencia, desesperación y angustia. La pérdida de la esperanza es una de las causas de la depresión. Sentirse culpable de una ruptura ata a quien lo vive al intento estéril de reparar lo irreparable. Juan siente que después del abandono de Natalia, ha perdido completamente su capacidad para amar y despertar amor en otros. Aprendió por las malas que no luchar ni defender lo que se ama, equivale a destruirlo.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag