Opinión

Percepción y realidad

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Padres de normalistas

Los especialistas en imagen pública, los estrategas de comunicación que se dedican a la construcción de prestigio y reputación de personajes y funcionarios públicos, saben bien que la percepción es realidad. Basta con que se arroje cierta sospecha sobre una versión pública –oficial o extraoficial–, con que se “siembre la duda” como se dice coloquialmente, para que cualquier explicación medianamente sensata o lógica de hechos o acontecimientos quede manchada de forma permanente.

Los especialistas que trabajaban en el mundo preredes sociales, enfocaban sus esfuerzos en los medios electrónicos por su alcance e impacto además de los impresos por su profundidad y relevancia en el círculo –rojo– predominante en la toma de decisiones. El mundo después de la redes es radicalmente distinto.

La primera causa es que en los medios convencionales la volatilidad o duración efímera de las noticias estaba siempre sujeta a un tiempo breve, caprichoso, circunscrito a un espacio determinado, audiencia precisa y duración muy corta. Los políticos y funcionarios sabían que había que aguantar la tormenta intensa de un par de días, para que luego todo se disipara y se diluyera en versiones y contradicciones que se dirigían inevitablemente al olvido. Esta es una de las causas culturales por las que nadie renunciaba en este país cuando era denunciado o señalado públicamente por ineficaz o corrupto.

La segunda es que el nivel de información consumido, procesado o comentado por “la ciudadanía” en general, era bastante limitado: pocos lectores de periódicos, porcentajes menores de audiencias para la radio y para la televisión.

Hoy las redes han modificado en esencia esos principios. Muchas personas manejan redes, reciben mensajes, consultan sitios, leen blogs en línea, comentan incluso sus impresiones y, sobre todo, difunden y distribuyen “memes”, estos mensajes iconográficos que exhiben
–muy a la mexicana– excesos, torpezas, tendencias, errores o gracejadas múltiples.

La primera reflexión podría ser que más gente está informada, pero ciertamente es una afirmación resbalosa. Más gente consulta redes, comenta noticias, reacciona ante hechos públicos, pero al mismo tiempo lo hace sin rigor informativo, sin conocimiento noticioso, sin el proceso obligado de manejo de fuentes o comparación de versiones.

Toda esta extensa reflexión para afirmar que no importa cuáles sean las conclusiones de la investigación en el multihomicidio de la Narvarte, el asesinato de cuatro mujeres y un colega fotoperiodista. La percepción pública se orienta hacia el crimen en contra de la libertad de expresión, que a pesar de las crecientes evidencias y testimonios en el sentido de un crimen relacionado con el tráfico de estupefacientes, de una o varias bandas cobrando por droga no pagada, “la ciudadanía” se inclina a otorgar credibilidad a un crimen orquestado para eliminar al periodista, a la activista y sus denuncias en contra del gobierno y del gobernador de Veracruz, que tienen enormes casos y expedientes que aclarar, pero tal vez –con base en las evidencias hasta ahora difundidas– no este caso en particular.

Lo mismo sucede con el trágico y manoseado caso de Ayotzinapa. El hallazgo informado ayer por los expertos de Innsbruck al identificar restos (y su ADN) con uno de los estudiantes de la normal, fortalece la teoría y explicación ofrecida por la Procuraduría General de la República.

El dictamen del GIEI dirigido por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que descalifica y niega la incineración de cuerpos en el basurero de Cocula, ha sembrado ya la sospecha atroz de que el primer informe de la Procuraduría resultó falso, incompleto, manipulado con fines políticos para “dar carpetazo” –dicen– al caso incómodo para esta administración.

Una vez más, la percepción se hace realidad a fuerza de declaraciones y carteles, como los expuestos por diputados de Morena y de PRD en la primera semana de sesiones de la nueva Legislatura: “Fue el Estado”, afirmaban esas pancartas.

Es tal el nivel de descrédito del Poder Judicial, de la carencia absoluta de credibilidad y confianza en jueces, ministerios y magistrados, que no importan las conclusiones a que arriben; la “ciudadanía”, ese ente abstracto y extendido que pretende abarcar a la sociedad toda, bañará con incredulidad toda versión o explicación salvo aquella que contradiga la oficial. Ya no digamos en la Procuraduría y sus peritos.

No importan las pruebas y los argumentos científicos, la percepción hoy se impone a la realidad, cualquiera que esa sea.

Twitter: @LKourchenko

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