Opinión

Pensando fuera de la caja en materia de pobreza

 
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Pobreza

En los informes de gobierno o en los eventos públicos frecuentemente escuchamos una letanía inacabable de cifras y son tantas que acabamos por no recordar ninguna de ellas; el problema sin embargo no es ese, sino que carecen de indicadores de impacto. Encontramos muchos indicadores de eficacia que señalan que se cumple con lo ofrecido: una escuela, una carretera, un hospital. En algunos casos se mencionan indicadores de eficiencia que nos señalan que se invirtieron bien los recursos, pero no escuchamos generalmente indicadores de efectividad, que son los más relevantes porque nos dicen si se logró la situación deseada, se redujo la mortalidad, se incrementó la escolaridad, disminuyeron los tiempos de traslado, etcétera. Frecuentemente no es que se quieran ocultar estos indicadores, sino que no se dispone de información.

No es el caso, me parece, de los indicadores de pobreza. Recientemente el Coneval dio a conocer la evolución de las carencias sociales entre 2010 y 2015 por entidad federativa, reporte que debe levantar las cejas de varios gobernadores y sus equipos de trabajo, que se preguntarán por qué si han impulsado todos los programas y han invertido 100 por ciento de los recursos, la situación es peor que hace cinco años.

De acuerdo con el informe, después de cinco años en Tamaulipas, Veracruz y Coahuila se incrementó la carencia de rezago educativo. En calidad y espacios de la vivienda sucedió algo similar; en tres entidades federativas aumentó: Baja California Sur, Jalisco y Coahuila. Pero lo más grave está en la carencia de acceso a los servicios básicos en la vivienda, donde en 12 entidades federativas no se redujo en cinco años.

Esta carencia tiene que ver con que en los hogares no se disponga de agua o drenaje o electricidad, o el combustible que usan para cocinar sea leña o carbón sin chimenea.

Me imagino a los gobernadores responsables preguntando a sus equipos de trabajo qué pasó, por qué en vez de disminuir aumentaron las carencias. Me los imagino queriendo saber en qué localidad o en qué manzana se atendieron estos rezagos, en cuáles siguieron igual y dónde crecieron los hogares con carencia. Sus equipos de trabajo seguramente darán algunas explicaciones pero no podrán darle al gobernador la información al nivel de detalle que el necesita porque no disponen de los datos.

Por ello me pregunto si en esta era de la información, en épocas de vacas flacas en términos de recursos fiscales y en temas tan sensibles como la pobreza, no tendríamos que pensar fuera de la caja y poder ofrecer información a nivel de hogar, respetando variables personales como el ingreso y otras, proveniente de los Censos de Población y Vivienda, que hoy se considera confidencial, para poder dar seguimiento puntual a los hogares con determinadas carencias en cada evento censal, y cada cinco años en las encuestas intercensales. No seríamos los primeros.

El autor es profesor asociado del CIDE.

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