Opinión

Peña y el cacareo del huevo

No es sólo fundamental poner el huevo, sino saber cacarearlo. La actual impopularidad del gobierno peñista no sólo se explica por un crecimiento que no acelera, un desempleo que sube, la pertinaz inseguridad o la desaseada reforma fiscal (que en los días recientes de declaración anual resintieron muchos individuos y empresas). Ha sido, además, el problema de cacarear huevos que todavía no se ponen.

Peña encabeza un gobierno que gobierna. Parece obvio, pero en un país kafkiano como México es un logro impresionante cuando se recuerdan tiempos cercanos de presidentes (Zedillo, Fox y Calderón) reñidos con el Congreso y en ocasiones hasta con sus propios partidos. El alud de reformas estructurales desde 2013, imposibles por 15 años, ahora se ve como algo normal. Lo malo es que resultados que tardarán años en materializarse fueron presentados como algo que llegaría de inmediato.

El mejor ejemplo es la reforma energética. El gobierno se dio, solito, un tiro formidable en el pie. Con todas sus letras lo prometió: las familias y comercios verán bajar sus recibos de luz y el precio del gas. La reforma constitucional se aprobó en diciembre. Van dos recibos de luz… y nada de reducción; meses y el tanque de gas sigue igual. Evidente, falta aprobar la legislación secundaria, que lleguen las nuevas inversiones privadas y que éstas fructifiquen. Esto es, algunos años. Evidente para los enterados, no para muchos ciudadanos bombardeados por una publicidad siempre simplista y frecuentemente cursi.

Curiosamente, fue el galardonado director de Gravedad el que bajó al gobierno a la tierra. Las preguntas de Alfonso Cuarón acorralaron a la administración porque representaban cuestionamientos legítimos y representativos de los ciudadanos que se rascaban la cabeza, confusos (o furiosos), viendo el recibo de luz o pagando el tanque –o preguntándose si la apertura al capital privado (que el gobierno se obstina en decir que no es privatización) no traerá una crisis económica. Y no es porque las privatizaciones traigan crisis, sino porque ambas cosas están equivocadamente ligadas en la mente de muchos.

Gracias a Cuarón se tuvo al secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, dando pública y verbalmente una respuesta tan larga que no cabía en ese medio hoy tan socorrido por los funcionarios del gobierno federal: Twitter. La explicación fue minuciosa y además convincente. El detalle, diría Cantinflas, es que los precios bajarán, sí, pero a partir del segundo semestre de 2016. Ese huevo, entonces, no debió cacarearse con alarde en 2013.

Es el problema con otras reformas. El acceso a la banda ancha e Internet está ahora garantizado en la Constitución. Es casi tan realista como ofrecer que todo mexicano tendrá La Arrolladora Banda El Limón amenizando su fiesta de cumpleaños. Esa realidad (la de la banda ancha, claro) llegará, sí, pero también tardará años y no será exactamente como lo entenderían muchos ciudadanos de a pie. Es de esperarse que Cuarón no tenga que pagar otro conjunto de desplegados para que su gravedad aterrice la reforma de telecomunicaciones ante los ciudadanos.

En ese sentido, ni Peña ni sus funcionarios ayudan (ni se ayudan). La distancia presidencial en parte se explica por una disciplina férrea que le dicta no salirse del guión (no sea que la improvisación termine mal). Sus subalternos muchas veces se mantienen en su sombra (nombrar a varios miembros del Gabinete es todo un reto memorístico) y siguen una conducta parecida. La paradoja es que el gobierno tiene un gran producto: el esfuerzo reformista prácticamente no tiene paralelo en la historia reciente. Pero es cuestión de cacarear en forma y, evidentemente, tiempo.