Opinión

Peña Nieto y el humor social

Nadie puede negar que Enrique Peña Nieto se planteó una presidencia de retos. Primero sus reformas económicas, luego la consolidación de ellas para que lleven a la tierra prometida, y más adelante, a partir de ese éxito, la conducción exitosa de su sucesión. En todas estas fases va en el asiento del piloto. La crónica de la primera etapa será narrada en Palacio Nacional este martes, cuando pronuncie el mensaje político de su Segundo Informe de Gobierno. Las dos siguientes se irán construyendo a lo largo del resto del sexenio y las describirá en sus siguientes informes presidenciales. Sólo hay algo que está fuera de su control y que puede alterar la buena marcha de sus planes: el humor social de los mexicanos.

Este humor social, que se refiere a todo lo que impacta la vida cotidiana de las personas, lo empapan la incredulidad y la indignación. Una encuesta sobre el humor social difundida por la empresa Nodos en junio pasado, reflejó el malestar con el gobierno y contra todo lo establecido. La comunicación se encontraba en su nivel más bajo de atención y credibilidad –no hay razón para pensar que en estos dos meses se haya modificado–, lo que significa que los mensajes del gobierno no fueron escuchados, y aquellos que sí, no fueron creíbles. Las reformas no impactaron en la población en general y lo que el gobierno celebra, dijo Nodos, no representa beneficio claro para los ciudadanos.

La falta de conexión entre el discurso presidencial y la vida cotidiana de los mexicanos generó una caída en los liderazgos y una carencia de expectativas. En cambio, los demonios del pasado regresaron. Como la inseguridad, donde se incrementó la preocupación por la falta de seguridad. O la caída del estado de bienestar, donde aumenta la pobreza –aunque disminuye la pobreza extrema–, y el número de mexicanos con hambre crece. Peña Nieto recibió un país donde 21 millones tenían ingresos insuficientes para satisfacer sus necesidades alimentarias básicas, y hoy, las encuestas del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social sugieren que la cifra se ha incrementado.

Hambre y malestar social son una mala combinación para cualquier gobernante. Y cuando esas expresiones se encuentran mayoritariamente en zonas urbanas, el fenómeno se vuelve explosivo. Hay más gente que muere de hambre en el Estado de México y el Distrito Federal, que en los estados pobres de Chiapas y Guerrero. La idea generalizada de que el hambre y la pobreza son patrimonio de los estados rurales, es una falacia. De las siete entidades con mayor número de muertes por desnutrición, sólo Oaxaca, en el número tres, aparece en ese grupo que encabeza el Estado de México, donde 45.3 por ciento de su población es pobre, y el Distrito Federal, donde 28.9 por ciento de la población lo es. En Nuevo León, un estado con alto dinamismo industrial, la pobreza alcanza a 23.2 por ciento de sus habitantes.

Con el hambre ningún gobierno puede jugar porque es causa de revueltas. Peña Nieto lanzó la Cruzada contra el Hambre como su principal programa social, pero los resultados han sido menores de los esperados. No por falta de interés de los responsables, sino por falta de recursos para alcanzar las metas comprometidas. La desaceleración económica impactó en el programa más importante para contener el malestar, y el tejido social que amortiguaba las carencias, se rompió por la falta de empleo y la caída en las remesas. La caldera se ha calentado.

El presidente entrará en la fase de la consolidación de sus reformas en un entorno adverso socialmente y complicado por coincidir con las elecciones federales intermedias el próximo año, que renovará al Congreso y nueve gubernaturas, pero sobre todo, será un referéndum sobre sus políticas. Si uno se atiene a la fotografía de este instante tomada por las encuestas, será un año difícil. La economía no tendrá un boom y la percepción de inseguridad –otro de los temas que encontró Nodos alteran a los mexicanos–, tampoco se va a eliminar en el corto plazo, más allá de los avances que se puedan tener.

Los estados con mayor hambre coinciden con los estados que tienen el mayor número de electores: México y Veracruz (primer y cuarto estado en peso electoral) ocupan los dos primeros lugares. Puebla, Jalisco, Guanajuato y el Distrito Federal (segundo en número de votos) vienen debajo de Oaxaca. No a todos los gobierna el PRI, pero es a la administración federal y al presidente a quienes transferirán los costos de la degradación social. En estos casos no se habla de comunidades aisladas en la sierra, sino de grupos politizados y comunicados que se cuentan por millones.

En el primer tercio de su gobierno, el presidente Peña Nieto no ha podido llegar a ellos. Al contrario, los ha alineado contra sus políticas enfocadas a las reformas económicas. Es una amalgama de grupos de distinta formación y posición que pueden encontrar en el hambre y la pérdida de bienestar, una razón de cohesión y lucha colectiva. Quién la capitalizará, es pronto para visualizarlo. ¿Los puede captar Peña Nieto? Difícil, por el descrédito ante ellos y por lo incierto de su política económica. Lo que sí puede hacer, para bien de su gobierno, es intentarlo.

Twitter: @rivapa