Opinión

Peña: lo bueno y lo malo

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Enrique Peña Nieto. (ilustración)

Resulta sintomático que los mismos que han aplaudido el socialismo bolivariano de Venezuela, país que tiene 194 por ciento de inflación, afirmen que Peña Nieto ha sido un fracaso en gobernar a México, que tiene 2.2 por ciento de inflación anual.

De ninguna manera digo que Peña Nieto sea “el salvador de México” (Time), ni “el salvador que no fue” (Newsweek), sino que debemos ponderar con temperancia la situación en la que nos encontramos.

Desde luego hubo un mal arranque de sexenio, cuando la economía se frenó luego de venir de un buen crecimiento en el último año de Calderón.

La deuda ha aumentado –a niveles no preocupantes dicen los especialistas–, pero sin que veamos su correspondiente en obra pública ni en mejoría de la calidad de los servicios que presta el Estado, como el acceso a la justicia.

Hubo tardanza para dar una rápida solución al tema de la 'casa blanca'.

Pero lo anterior no puede anular el hecho de que en estos tres años México ha experimentado una transformación histórica, que deberá ser llevada a buen puerto en el siguiente trienio y sobre todo en la próxima administración.

No me convence la propaganda que nos pinta como un país fracasado, cuando el desempleo es de 4.4 por ciento contra más del ocho por ciento del otro país que nos ponían como modelo: Brasil.

Este año se habrán creado en México unos 800 mil empleos, mientras en Brasil se van a perder más de un millón de puestos de trabajo (800 mil a octubre).

¿De qué fracaso hablan? Somos el país que más crece en América Latina.

Hay una reforma educativa en curso que ha puesto a la niñez y a su futuro en el centro de la atención gubernamental. Se acabaron los cotos de poder de camarillas sindicales y a los ultras se les cercó para que no fueran escollo en la evaluación docente.

Es inaudito que muchos se dejen llevar por el pesimismo interesado de los que se oponen a la reforma educativa con el argumento de que se trata de “una imposición” del gobierno antidemocrático y represor.

Los “progresistas”, admiradores del socialismo bolivariano y de esa cleptocracia en que ha derivado la izquierda brasileña en el poder, nos dicen que vamos muy mal. Pues no. No estamos como deberíamos, pero tampoco el país es un desastre como sí lo son sus modelos de referencia.

¿Queríamos democracia? Hay democracia real desde hace varios lustros, y a nadie se le encarcela por ser un competidor político del presidente, como ocurre en Venezuela.

Aquí un líder opositor puede llamar al presidente “un pequeño faraón acomplejado” (al anterior le decía “borracho”), recibir financiamiento público para su partido, tener acceso mañana-tarde-noche al radio y la televisión con tiempos del Estado, y despotricar porque “en México no hay democracia”.

Ubiquémonos pues. Desde luego no vivimos en la gloria, pero tampoco en el infierno. Y el rumbo es correcto, con los matices que se quieran poner.

Twitter:
@PabloHiriart

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