Opinión

Pemex, en terapia, espera


 
 
Extraña la forma de comunicarse entre políticos.
Unos dicen: Pemex no se privatiza; y otros responden: No a la privatización de Pemex.
Si no es porque uno sabe que están discutiendo, pensaría que están de acuerdo.
Pero no están de acuerdo, porque si no, no estarían discutiendo.
Y así podríamos seguir hilvanando esta brillante reflexión.
Da la impresión de que quienes dicen NO están encantados con la discusión. Decir NO tiene algo de resistencia, de rebeldía, de heroísmo. No vamos a permitir que se venda el patrimonio de los mexicanos. Hasta dan ganas de unirse al coro. Claro que no. La patria es primero.
Y nada de meterse con la Constitución, se dice, como si ésta no acumulara ya miles de cambios respecto de su redacción primera.
A veces la nostalgia, que pertenece al pasado, quiere imponer futuro.
Todos los que participaron en la elaboración de la Carta Magna en 1917 ya se fueron. Hicieron la suya a su gusto y en función de su momento. Y ahora resulta que la actual generación no puede pensar y actuar en atención al suyo.
Muchos mexicanos han fallecido ya desde la expropiación petrolera. Se fueron con el gusto de saber que Pemex les pertenecía sin que eso se haya traducido en mejores condiciones para vivir su vida, la única, salvo que sea cierto que se retorna desde el más allá enfundado en otra piel.
¿De qué les sirvió a esos mexicanos y de qué les sirve a los de ahora cantar que Pemex es suyo? Es el puro gusto de saberse propietarios, dueños de la nada, porque los gobiernos han hecho lo que han querido con la empresa y con las divisas que aporta.
Docenas de mansiones y miles de viajes, placeres y excesos se han pagado con el petróleo de todos, pero no para todos.
Hace bien el PRD en agregar a la discusión un elemento esencial: el combate a la corrupción 'de arriba hacia abajo y viceversa'. Porque Pemex ha sido sangrado de muchas formas por funcionarios y líderes sindicales.
Si para abrirle la puerta a la reforma educativa, el gobierno apresó a la lideresa vitalicia, ¿no podría hacer lo mismo respecto de la reforma energética?, se preguntarán algunos. Y otros: ¿Será que es mejor ser propietario de lo enterrado que desenterrarlo para que de algo sirva?
¿Vale más el credo, el dogma, la consigna, que la vida de los que estamos pasando y nos vamos yendo sin recoger los frutos de lo que, se nos dice, somos dueños? ¿Cuántas generaciones de mexicanos se habrían beneficiado de la apertura mental, económica y operativa de Pemex?
A cambio de eso se llevaron un discurso: Pemex, la empresa de todos los mexicanos.
Desde luego, no se trata de venderla, sino de modernizarla, transparentarla, librarla de sus saqueadores, salvarla de la quiebra técnica, desarrollarla para que impulse el desarrollo, fortalecerla para que fortalezca, inyectarle recursos para que genere más recursos.
Desde que se convirtió en bandera nacionalista, estremecimiento retórico, estridencia discursiva, elemento de negociación política, botín hacendario, Pemex empezó a enfermarse. El paciente se agrava, y es seguro que aplicarle las mismas recetas no la sacarán de su postración.
A menos que lo que se quiera sea guardar el petróleo para cuando éste sea sólo una fotografía en sepia. Y, entonces sí, a extraerlo y procesarlo, de prisa, como sea, aunque ya nadie lo necesite.