Ruido, billetes y democracia
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Ruido, billetes y democracia

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Ruido, billetes y democracia

15/05/2018
Actualización 15/05/2018 - 10:25

Estamos a más de la mitad de las campañas, ya pasamos el ecuador de la contienda, ya andamos más 'pa’llá que pa’cá' y nos vamos acercando al día de la elección: ese 1 de julio en el que definiremos cargos como la presidencia, gubernaturas, alcaldes y legisladores.

De los 90 días que durará el proceso electoral ya han transitado 46, en los cuales se ha celebrado un debate presidencial, se han tenido mítines por todo el país, se han pronunciado propuestas polémicas, ataques entre unos y otros, y se han organizado un sinfín de foros temáticos que proponen agendas sobre tópicos económicos, sociales, ambientales y de seguridad, entre otros.

Estos 46 días de campaña nos han permitido conocer las plataformas de los que levantan la mano para ocupar la presidencia. 46 días para compartir ideas, para pronunciarse, para compartir su sentir y soluciones para nuestro país. Sin embargo, habría que preguntarse, ¿qué efecto ha tenido este tiempo sobre la población?, ¿se ha logrado tener una mayor difusión de las ideas que cada candidatura sostiene para el futuro de México?, ¿qué tanto tiempo de la campaña se ha usado para ataques y qué tanto para poner sobre la mesa las ideas de cada contendiente? Una ojeada breve por los diarios o simplemente prender la radio nos brinda una respuesta desalentadora.

Hasta el momento se han transmitido cerca de 11 millones de spots por todos los canales de televisión abierta. Aún con esta masividad apabullante sería difícil lograr recordar tres propuestas de cada candidatura. Eso sí, es muy posible que salte a nuestra memoria la manera en que se han descalificado entre sí, sus ataques y sus señalamientos.

Dicho de otra manera, los spots y los días de campaña han funcionado para el pleito y no tanto para las propuestas.

También deben llamar nuestra atención los límites económicos que ha impuesto la autoridad electoral, pues para este proceso se ha avalado que el tope de gastos de campaña a la presidencia de la República sea de 429 millones de pesos. Si a esta enorme cifra le sumamos el tope de gastos de precampaña, que fue de 67 millones, estamos hablando de 500 millones de pesos gastados durante todo el proceso electoral. Es decir, para nuestra normativa y autoridades electorales es legal y legítimo que un candidato a la presidencia gaste esta estratosférica cantidad de recursos, públicos y privados, en el proceso de convencer a la sociedad de que él o ella posee las mejores ideas, equipo y habilidades para despachar desde Los Pinos.

Ayer EL FINANCIERO publicó una encuesta realizada por Alejandro Moreno, que sostiene que la mitad de los electores que planean ir a votar ya definieron su voto, y también resalta que una cuarta parte de la población permanece sin saber a quién le entregará el sufragio. Estas cifras son interesantes, pues confirman que a la mitad del proceso electoral, con todo y los spots, los millones de pesos y los 46 días de campaña, aún hay quien no sabe por quién votar.

Por eso tiene sentido aprender de esta campaña. Más allá del cansancio que significan los espectaculares, bardas, lonas y demás medios de promoción, creo importante que busquemos reducir el tiempo de las campañas, el tope de gastos, la cantidad de spots, así como buscar alternativas para divulgar las propuestas e ideas de cada candidatura. Más tiempo y más lana no han traído más democracia, sino más volumen y cansancio.

Hoy más que nunca queda claro que el modelo de campaña a través del despilfarro está en agonía, que debemos usar los recursos públicos con mayor austeridad y que los oídos y ojos de quienes vivimos en México necesitan de un respiro. A partir de hoy debemos exigir desde todos los espacios posibles que se responda a estos reclamos sociales a través de cambios en el INE y en las leyes electorales. A partir de estos cambios demostraremos que nuestra democracia puede más que el ruido y los billetes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.