¿Qué aprender de Cataluña?
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¿Qué aprender de Cataluña?

31/10/2017
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Cataluña
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La mañana del viernes amanecimos con los titulares que anunciaban la declaración de independencia de Cataluña. La votación para salir del pacto nacional español tuvo lugar en el Parlament de Catalunya, donde se votó por mayoría la independencia de esta región. De esta manera concluía un proceso social ampliamente apoyado en dicha geografía, pero también iniciaron una serie de dudas enormes para la realidad de nuestro mundo.

Quienes asistieron a dicha sesión parlamentaria celebraron con distintos himnos, pancartas y banderas la separación unilateral de España. Terminaba así el proceso en búsqueda de autonomía, esperado por decenas de años y que logró central atención desde las elecciones de 2015. La idea de salir del acuerdo nacional provino de una coalición de partidos poco convencional, donde se reunieron los polos ideológicos antagónicos, pero que convirtieron al anhelo separatista como la principal idea de sus plataformas electorales. En dicha alianza participaron partidos independentistas de derecha, en el frente Junts pel Sí, así como la izquierda anticapitalista y euroescéptica del partido Candidatura d’Unitat Popular.

La noticia generó un gran revuelo por todo el mundo. Y es que no es para menos. Cataluña, y muy particularmente Barcelona, es una de las capitales mundiales del turismo. También es uno de los centros económicos más importantes de España, el cual genera uno de cada cinco euros del país, pero no sería justo sólo mencionar los factores económicos. Creo que uno de los principales motivos por los que esta separación contiene una enorme relevancia para el mundo está en otro factor: el político.

La fragmentación de España nos habla de nuevos retos que las élites políticas no quieren ver. Los catalanes llevan decenas de años presionando por el reconocimiento de una región con características especiales, tanto de carácter cultural, educativo, así como financiero y político. Algo similar a lo que sucedió con el País Vasco en la misma nación. Esta crisis se gestó a fuego lento. Por el talante autoritario, por no construir negociaciones abiertas que le dieran su lugar a cada parte, se construyeron condiciones para que los esfuerzos separatistas se convirtieran más visibles y populares.

Por años, esta región solicitó un referéndum para poder consultar a su población si deseaba permanecer en España. Por años la respuesta del gobierno central fueron ataques, desdén y falta de diálogo. Esto generó un mayor resentimiento que poco a poco fue ganando adeptos. Negarse a hacer una consulta territorial, como la que había sucedido años antes en Escocia o Québec, sólo hizo crecer el sentimiento antagónico con Madrid. Ante las negativas, el Parlamento catalán se rebeló y decidió celebrar por su propia cuenta dicho referéndum. La escalada de tensiones, que se incrementó desde hace meses y no parece que vaya a terminar pronto, dio como resultado la polémica declaración del viernes.

Se puede estar a favor o en contra de la independencia catalana. Sin embargo, creo que lo relevante está en otro lugar, en preguntarnos una y otra vez, ¿qué hizo que una comunidad deseara revocar su pacto nacional? Desde mi punto de vista, la falta de diálogo, de reconocimiento de diversidad, nació desde la amenaza con el garrote y de la política de la sordera.

El mundo entero se encuentra en cambio. Los países ya no se pueden entender con lógicas unitarias e indivisibles. Las búsquedas de independencia continuarán por todo el globo. Frente a ello debemos trabajar en la reconceptualización de las naciones y países, pero sobre todo, en impulsar que la política se convierta en una verdadera generadora de soluciones frente al conflicto. Hay soluciones más creativas y justas para resolver una crisis, que dejando de pertenecer a un país u obligando a una comunidad a quedarse usando la fuerza. Por eso es fundamental que México aprenda una lección a partir de este conflicto. No sólo pensando en la posible separación de un estado, sino bajo la lógica de impulsar una política que escuche y esté al servicio de las personas, que pueda ser mediadora con legitimidad y que pueda llevar a cabo un diálogo con todo el país para lograr la paz que tanto anhelamos y merecemos. 

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Twitter: @pkumamoto

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.