La fábrica de chocolate
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La fábrica de chocolate

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La fábrica de chocolate

12/06/2018

“Cada uno da lo que recibe

y luego recibe lo que da,

nada es más simple,

no hay otra norma:

nada se pierde,

todo se transforma”.

Jorge Drexler

Hace unos días publiqué un video en el que mostraba el lugar donde trabajamos en esta campaña. El video generó muchas reacciones, preguntas, simpatías, y me parece importante retomarlo porque me parece una bonita metáfora, como lo dije en el video, de lo que muchas personas jóvenes hacemos actualmente: tomamos un espacio abandonado (la política, centros culturales, formas más justas de comercio o producción, por ejemplo) y lo llenamos de vida, de ideas y de personas dispuestas a cambiar nuestro país.

Este espacio en donde ahora trabajamos se llama “La fábrica de chocolate”. Antes nuestras juntas las hacíamos en cafés, en espacios culturales que nos prestaban, en alguna casa que tuviera un buen baño y sombra o en alguna oficina que nos hiciera campo. Llegar aquí fue como un sueño. La fábrica, como le decimos de cariño, es una construcción funcionalista de mediados del siglo pasado en donde tuvo su sede una empresa de chocolates. Dentro de ella existe una gran nave, varias bodegas y varios espacios que, me imagino, fueron utilizados para las líneas de producción y para las oficinas de la compañía.

No pocas veces me he imaginado cómo era estar aquí en su apogeo, viendo desfilar a decenas de obreros, camiones repartidores y costales de materia prima. Me imagino los atardeceres de Guadalajara, llenos de nubes aborregadas, impregnados con el perfume de cacao tostado, azúcar y un poco de canela.

La fábrica se ubica en donde fueron los linderos de Guadalajara, más allá sólo había maizales y un par de monumentos. Sin embargo, ahora está rodeada de una intensa vida cultural, gastronómica e intelectual. Ahora ya no hay chocolates en ese espacio, sino varias decenas de personas realizando una campaña con mucho corazón y creatividad. Todo cambia un poco, nada se pierde, todo se transforma.

Así pasa la factura el tiempo. Donde antes hubo energía de máquinas, ahora hay personas construyendo una campaña política. Pararse cada día y ver los esfuerzos que suceden ahí dentro me hace entender que somos una generación que anhela un cambio, que lucha por sus seres queridos, que cree que no es normal depredar el medio ambiente, la inseguridad o la desigualdad. Somos un archipiélago, pues ahí dentro conviven un sinfín de motivos, orígenes, regiones y profesiones, pero una sola búsqueda nos mantiene unidos.

Hay quien sospecha que nos financia algún poderoso, hay quien cree que esta efervescencia social sólo puede ser producto del dinero, que tantas voluntades juntas sólo pueden obedecer a la lana. El león piensa que todos somos de su condición. Por eso siempre he negado de manera rotunda que esta campaña se haga gracias a la lana de un poderoso, muestro pruebas, y les comparto la fiscalización de recursos que se hace ante el Instituto Nacional Electoral. Pero nada deja más claro que no hay lana como ir a la fábrica y darte cuenta que quienes trabajamos ahí hemos llevado nuestras propias sillas y plantas, que cooperamos para poder comprar el café (el cual hacemos en una cafetera para 25 tazas, así que no hay manera humana en que no te quede aguado), o que el tesoro más preciado son pequeños ventiladores que peleamos durante el transcurso del día.

Llegar a la fábrica antes del atardecer es una gran vista. Al oriente puedes presenciar el centro de la ciudad, al norte se alcanza a divisar el monumental Estadio Jalisco, al sur la zona industrial de Guadalajara y al poniente algunos de los nuevos edificios de la ciudad. Sin embargo, el espectáculo más interesante sucede en su interior, con sus conversaciones, sus ideales, las canciones a todo volumen y un par de ladridos de los amigos caninos que nos visitan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.