La elección que no sucede en 2018
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La elección que no sucede en 2018

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La elección que no sucede en 2018

19/12/2017
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Acaba de pasar una semana triste para nuestro país. El peligro del autoritarismo se asoma con más nitidez y su sombra opaca a las libertades por doquier. En cuestión de horas, quienes dicen representarnos dieron un golpe a distintos derechos: a la expresión libre, a conocer información fundamental de operativos de seguridad sucedidos en el pasado, a garantizar el debido proceso o incluso a cuestionar en medios de comunicación la naturaleza de los actos realizados por nuestras autoridades.

La trampa discursiva invade las tribunas por doquier, repitiendo un veneno que daña al tejido social, que reduce la discusión pública sin matices y que encierra a los debates en un mundo maniqueo.

Se repite sin cesar que quien nada debe, no tiene de qué preocuparse. Quien está contra las últimas reformas en materia de seguridad es una persona sin sentido de patriotismo, sin el mínimo sentido de gratitud a las fuerzas castrenses. Que nada hay que temer, porque quien llegue al Ejecutivo no reprimirá a la oposición.

Más de una semana de una sensación de piquete en la boca del estómago, de congestión en la sien y de dificultad para pasar un día sin resoplar como ganado vacuno. Todo esto al pensar en nuestros cuerpos legislativos que aprobaron a ciegas reformas que componen una regresión profunda para nuestro país.

Frente a este clima muchas veces se vuelve difícil ser optimista.

Mientras escribo esta columna pienso que Elba Esther pasará esta noche en su casa mientras cientos de indígenas no lo podrán hacer por la violencia que se padece Chiapas. Pienso que el PRI ocupa Los Pinos mientras que Odebrecht sigue sin consecuencias. Que los feminicidios que se cometen a diario no son prevenidos. Pienso en los miles de millones que se gastarán en las campañas y en los cada vez más pequeños montos invertidos a la ciencia, el arte o la educación.

Pareciera que frente a estos grandes problemas hay tantas soluciones como miradas. Hay quienes dicen que esto se acaba votando por un partido político, cambiando de sistema de desarrollo. Hay quienes dicen que esto no se acabará pronto y hay quienes creen que de plano ya no hay compostura.

En mi caso encuentro certidumbre en creer que estos grandes problemas no terminan con una sola elección presidencial. Mi experiencia dentro de la vida las instituciones me ha hecho entender que una sola persona, por más relevante que sea su cargo, no puede cambiar al país. Este tiempo me ha hecho darme cuenta de que este golpe de rumbo anhelado no puede descansar en algo tan fugaz como un liderazgo, una buena presidencia o alguien bien intencionado.

Entonces, ¿participar en las elecciones quedaría sin utilidad? Por supuesto que no, es una maravillosa oportunidad para compartir con más personas qué futuro buscamos para el país y un gran momento para involucrar a más personas en la política. A la par, al tener victorias electorales se podrían lograr modificaciones en secretarías, cargos y presupuestos. Pero siempre entendido como un medio para un fin mayor: hacer a la política un espacio atractivo, cercano y necesario para nuestras vidas. Si 'el cambio' no depende sólo de una persona, sí descansa en las acciones coordinadas de millones de personas.

Dicho de otra manera, esto no es un llamado a pensar que da igual quién llegue a Los Pinos, pero sí una invitación a guardar mesura, a dejar de creer que una persona en solitario va a cambiar el rumbo de nuestro país, a entender que la elección mayor no sucede en 2018, sucede todos los días que decidimos involucrarnos y participar.

Cada vez que me empieza a ganar el desgano o la tristeza por lo que pasa en mi país, me sirve detenerme un momento a pensar que nos queda un mar de trabajo hecho por organizaciones, movimientos, maestras, abogados, ingenieras, abuelitas, empresarios y artesanas.
Me parece importante recordar que, siempre y cuando las personas nos organicemos, este país sí tiene compostura.

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Twitter: @pkumamoto

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.