Gratitud en la campaña
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Gratitud en la campaña

22/05/2018
Actualización 22/05/2018 - 9:04

En los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos): Heráclito.

Era la campaña de 2015, hace tres años exactamente. La vida en ese entonces estaba llena de trabajo, charlas estimulantes, renuncias personales, un nado constante a contracorriente frente a un sinnúmero de obstáculos, muchas canciones de Jorge Drexler, muchísimo amor, días enteros de calor, de reuniones vecinales y un estribillo que escuchábamos todos los días y que distintas personas nos lo recordaban diciendo: “No van a ganar”.

Yo había bajado cerca de cinco kilos, en parte por el estrés, en parte por una alimentación poco cuidada. Eran tiempos difíciles económicamente y con un futuro incierto, pues justo acababa de salir de la universidad y me esperaba una gran deuda a cuestas por pagar: mi crédito educativo.

Todos los días salía a las ocho de la mañana de mi casa, preparado para ir a algún tianguis o a pegar calcas. Iba con alegría, unos cuantos separadores que contenían mis propuestas y un par de colaboradores que formaban parte del equipo. Llenábamos nuestras mochilas de naranjas, agua, bloqueador, uno que otro dulce y un pañuelo o trapo para limpiar las superficies en donde pegaríamos las calcas.

El pronóstico no era muy alentador, pues la posibilidad de una victoria electoral frente a los partidos políticos se veía muy lejana. Aun así nos divertíamos mucho, trabajábamos arduamente de sol a sol, estudiábamos y analizábamos propuestas cuando no estábamos en calle, vivíamos la campaña con mucha intensidad.

Las temperaturas rondaban de 32 a 35 grados y la humedad nos hacía estar llenos de sudor todo el tiempo. El cansancio acumulado pegaba duro en el ánimo, pero nos reponíamos cada vez que alguien nos permitía pegar una calca en su casa, auto o bicicleta; nos emocionábamos cada vez que aceptaban recibir nuestros separadores de libro o cuando nos decían que votarían por nosotros.

Después de un día de pega de calcas, lo único que queríamos hacer era llegar a nuestra casa de campaña a hidratarnos y quizá dormir una siesta en un par de sillones maltrechos. Ahí llegábamos sedientos y nos disponíamos a mezclar polvo de Gatorade, agua y, cuando había, un par de hielos. Eran días pesados, pero llenos de ilusión. De alguna manera extraña, sin darnos cuenta, ya habíamos ganado.

Volteo y veo, tres años después, el mismo espíritu en la presente campaña. Somos y no somos las mismas personas. En este 2018 esa misma ilusión, cariño y pasión se respiran en el equipo. Ahora nuestra casa de campaña es más grande, pero igual de austera. Aquí cada quien ha traído carteles, plantas o ha tejido guirnaldas para adornar nuestro espacio de trabajo. Las brigadas seguido terminan en abrazos, con la misma sed de cambio (y la misma sed por el calor intenso).

Es emocionante vernos con nuevas responsabilidades, nuevas ideas, con más experiencia, pero igual de motivados por vivir este momento. Cada día que ha pasado de esta campaña lo he agradecido con el corazón. Me emociona aprender del equipo, de seguir con esta campaña austera, honesta y cercana. Pero también me siento lleno de gratitud por quienes nos regalan agua, por quienes nos abrazan, por quienes nos regalan un poco de aliento y sueños compartidos.

Por eso tiene sentido agradecer el día de hoy. A veces las contiendas electorales nos distancian, nos llenan de ruido y dejamos de voltear y ver lo maravilloso que significa el encuentro con otra persona, lo más valioso que logran las campañas.

Gracias por estos días, gracias por tu entrega, por tus consejos, por los vasos de agua, por los apapachos, por las horas de sol codo a codo, por la esperanza y las puertas abiertas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.