Cuando el país se detiene
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Cuando el país se detiene

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Cuando el país se detiene

08/05/2018
Actualización 08/05/2018 - 12:10

La banqueta no deja mentir. Hay una emoción latente por todos lados. Cuando camino por las calles de cualquier ciudad me topo con que, invariablemente del clima o latitud de donde me encuentre, la ciudad se empieza a preparar para el Mundial de Futbol en Rusia.

Faltan más de 30 días para dicho evento y, sin embargo, ya se ven promociones en los aparadores de las tiendas deportivas; reservaciones y paquetes dentro de los bares para seguir de cerca cada paso que dará la Selección Mexicana; también es común encontrarnos con niños, y no tan niños, intercambiando estampitas del álbum del Mundial; y falta muy poco para que nuestras avenidas se empiecen a llenar de la parafernalia patriótica común en septiembre, pues en cuestión de días estaremos rodeados de sombreros, cornetas, matracas, banderas y bigotes falsos, todo lo que nos ayude a apoyar con mayor ahínco a nuestra selección.

Podemos ver que la conversación en redes sociales, medios y en el mercado, versa sobre dicho evento. Será un mes en el que el país se detendrá en algunos días, en donde habrá horas prohibidas para tener juntas o reuniones de trabajo. Serán días en los que nos iremos a casa de los amigos o nos refugiaremos en algún changarro para sentir correr la adrenalina, la felicidad y la ilusión mientras vemos el partido.

Sé lo que digo porque yo también me he ilusionado, una vez cada cuatro años desde hace 20 años. La primera vez que viví un Mundial de fútbol de manera más activa fue el de Francia 98. Eran los tiempos de una Selección memorable, mágica y entregada, con García Aspe, Jorge Campos, Benjamín Galindo y Cuauhtémoc Blanco. Recuerdo que mi héroe era Luis El matador Hernández, un delantero que nos hizo soñar con sus cuatro goles. También recuerdo que no fui el único que pensó, en ese segundo tiempo contra Alemania, que México sí pasaría al famoso 'quinto partido'.

Por eso sé que cuando México meta un gol en el próximo Mundial, vamos a vivir algo que hemos anhelado por varios años. Cuando saltemos con una energía desconocida de nuestros asientos, con el semblante de la victoria, con el grito de 'gol' en el pecho. Cuando todo el país se detenga sentiremos el nacimiento de una nueva esperanza y por un momento olvidaremos todo por esta gran emoción. Ahí, en ese momento, nos daremos cuenta de que el país grita al unísono y que no somos tan distintos como estas campañas políticas nos han hecho pensar.

Soy de los que creen que la política no debe interferir en estas emociones, en este oasis de paz y desfogue, en esta actividad que nos da tanta felicidad a tantas y tantas personas. Todo lo contrario, creo que este momento nos puede servir para enseñarnos algo a la política: es posible unirnos como país, con ilusión y generosidad. Buena parte de las diferencias que tenemos las podemos resolver si ponemos por delante una agenda en común, un espíritu de conciliación, una certidumbre de compartir país más allá del 1 de julio.

En tiempos de tanta estridencia, guerra sucia, descalificaciones, violencia y encono por el proceso electoral, es bueno recordar que no todo es 'grilla' y que nuestro país se disfruta más si nos abrazamos sin miramientos, si nos reconocemos valiosos sin escatimarnos el aprecio.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.