Opinión

Paz dividida

   
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Colombia

No es que no quieran la paz, no se trata de rechazar la pacificación después de un conflicto que alcanza las cuatro décadas. Lo que exige un amplio sector de la sociedad colombiana es la paz con justicia.

El proceso de negociaciones entre las FARC y el gobierno de Colombia proyecta la impresión a los ojos de millones de ciudadanos de que aceptaron todas las condiciones. Es decir, un estado de cuasi desesperación para aceptar la paz, la paz a cualquier costo, la paz barata. Y las condiciones de las FARC parecieron muy ventajosas: 10 escaños en el Congreso por dos procesos electorales garantizados, una exigencia que suena antidemocrática para una guerrilla que pretende transformarse en fuerza política. Además, 10 mil pesos colombianos para cada guerrillero desmilitarizado; penas reducidas, topadas a un máximo de ocho años de prisión incluso por delitos graves como tortura, secuestro, asesinato, narcotráfico.

Buena parte de la ciudadanía, especialmente aquellas miles de familias que fueron víctimas de las FARC, rechazan el olvido, se niegan a aceptar la transición histórica, no otorgan el perdón. Están en su derecho. De hecho, afirman especialistas colombianos, quieren la paz, defienden el proceso y apoyan la desmovilización. Pero no quieren que se vayan impunes a sus casas, pagados con sueldos que vienen de los impuestos de todos y, además, ocupen cargos en el Congreso como diputados o senadores.

¿Cuánto vale la paz? La estrategia del gobierno de Juan Manuel Santos fue negociarla, conseguirla, aceptarla a cualquier precio. A su juicio, lo ha declarado varias veces, la paz vale un esfuerzo por la reconciliación nacional.

Otros como Álvaro Uribe –expresidente de Colombia, sostienen la posición contraria. Que paguen, que se les enjuicie, que vayan a la cárcel y se les impongan condenas proporcionales al tamaño de sus crímenes y sus delitos, algunos, de lesa humanidad. Uribe, aliado ahora con otro expresidente al que no toleró durante su periodo –Andrés Pastrana– rechazan el acuerdo y acusan al gobierno de haber entregado al país y ponerles tapete rojo a los rebeldes.

El resultado del plebiscito fue extremadamente cerrado, un punto y medio de diferencia, pero suficiente para otorgar la victoria al bando que exige castigos a los guerrilleros. (49-50 por ciento).

Un margen muy estrecho que retrata a un país dividido hasta al fondo, un país que impulsa un movimiento de paz dividida.

Santos propone la paz total con la incorporación de las FARC a la vida política del país. Uribe y sus seguidores proponen la paz con juicios, con procesos, con castigos, con penas.

No tengo los números en la mano porque la participación fue muy baja también (apenas 38 por ciento del total de la población con derecho a voto), sin embargo me da la impresión de que mucha más gente hubiera votado a favor del SÍ de haber sabido el pequeño margen con el que la paz iba a tener que batirse frente a los conteos generales. El clima, la apatía o la confusa certeza –ahora incierta– de que la paz era un hecho, alejó a millones de votantes de las urnas.

Dos líderes en el mundo sometieron decisiones fundamentales de sus países al referéndum popular y lo perdieron: Santos en Colombia y David Cameron en el Reino Unido. Además, ambos lo hicieron por voluntad política, compromiso electoral, consenso social. Ninguno estaba obligado por ley o decreto alguno. O leyeron mal a sus sociedades o estiraron demasiado la liga, en la ciega confianza de que recibirían el apoyo ciudadano. No fue así.

La votación de este domingo en Colombia tiene repercusiones. No se regresará al conflicto armado, hoy es prácticamente inviable para las FARC cuyos combatientes, en voz de su líder Timochenko, se niegan a volver al frente. Pero se ve difícil que estén dispuestos a renunciar a algunas cláusulas del acuerdo: los dineros, las penas, el reconocimiento social y político. Era un regreso de fantasía a la vida civil. Pero los heridos, las víctimas, los que no olvidan, rechazaron el acuerdo.

Lo que sigue será la búsqueda de nuevas soluciones en el marco de una negociación que, muy probablemente, volverá a Cuba.

Mientras, en Colombia los ganadores crecerán en demandas y exigencias desproporcionadas, como si su victoria fuera de más de 50 por ciento y no de apenas 1.5 por ciento.

El acuerdo tendrá que ser modificado de la mano con la construcción de nuevos consensos. Por lo pronto, la esperanza de una paz firmada y respaldada por el pueblo mayoritario, se esfuma y el largo y doloroso capítulo de las FARC se prolonga en suspenso.

Twitter: @LKourchenko

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