Opinión

Patrick Modiano

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco del amplísimo estudio. De uno de los libreros tomó cuatro volúmenes amarillos de la editorial Anagrama. Cuatro historias del flamante Premio Nobel de Literatura: Un pedigrí (2007), El horizonte (2010), Villa triste (2009) y En el café de la juventud perdida (2009).

Modiano recibió en 1972 el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y obtuvo el Premio Goncourt en 1978. La revista Lire declaró en 2007 a En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano, la mejor novela francesa. Anagrama la publicó un año después, en traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Es una historia sobre una joven que busca su identidad y su destino entre las calles y los cafés del viejo París. Gamés mete la mano a sus subrayados y saca un puñado de citas.

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A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir. Hay electricidad en el aire de París en los atardeceres de octubre, a la hora en que va cayendo la noche. Incluso cuando llueve. No me entra melancolía a esa hora, ni tengo la sensación de que el tiempo huye. Sino de que todo es posible.

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Me di cuenta perfectamente de que me creía. Es la ventaja de llevarles veinte años a los demás: no saben nada del pasado de uno. Y aun cuando te hagan algunas preguntas distraídas acerca de lo que hasta ahora ha sido de tu vida, te lo puedes inventar todo. Una vida nueva. No harán comprobaciones. Según vas contando esa vida imaginaria, fuertes ráfagas de aire fresco cruzan por un lugar en el que llevabas mucho tiempo asfixiándote. Se abre una ventana de repente y el aire de alta mar hace que golpeen las contraventanas. Vuelves a tener el porvenir entero por delante.

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Desdoblé el plano Taride de París, tan sobado, que tengo siempre en mi despacho al alcance de la mano. A fuerza de buscar cosas en él, se me ha roto en muchas ocasiones por los bordes, y siempre lo pegaba poniéndole cuidado a la desgarradura, igual que se venda a un herido.

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Mi madre le echaba de vez en cuando una ojeada intranquila al taxímetro. Le dijo al taxista que nos dejara en la esquina de la calle de Caulaincourt y, cuando sacó de la cartera las monedas, caí en la cuenta de que tenía el dinero justo para pagar. Hicimos a pie el camino que quedaba. Yo andaba más deprisa que ella y la dejaba atrás. Luego me paraba para que me alcanzase. En el puente desde el que se domina el cementerio y se puede ver desde arriba nuestra casa nos paramos un buen rato y me dio la impresión de que estaba recobrando el aliento. “Andas demasiado aprisa”, me dijo. Ahora se me ocurre una cosa. A lo mejor estaba intentando llevarla algo más allá de aquella vida suya, tan limitada. Si no se hubiera muerto, creo que habría conseguido que conociera otros horizontes.

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Ya en la calle, no iba por la acera que estaba a oscuras, sino por la del Moulin-Rouge. Las luces me parecían aún más crudas que las de las películas del cine México. Me entraba una borrachera y me sentía tan liviana... Había notado algo parecido la noche en que tomé una copa de champán en Le Sans-Souci. Tenía la vida por delante. ¿Cómo había podido andar encogida y pegada a las paredes? ¿Y de qué tenía miedo? Iba a conocer gente. Bastaba con entrar en cualquier café.

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Desde que el farmacéutico de la plaza Blanche me había mencionado los bajones de tensión, creía que tenía que negarme a ceder, que luchar contra mí misma, que intentar controlarme. No podemos librarnos de esa forma de pensar, nos educaron sin miramientos. Camina o revienta. Si me caía, los demás seguirían andando por el bulevar de Clichy. No tenía que hacerme ilusiones. Pero, a partir de ahora, las cosas iban a cambiar. Además, las calles y las fronteras del barrio me parecían de pronto demasiado estrechas.

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Allá arriba, la calle acababa en pleno cielo, como si condujese al borde de un precipicio. Caminaba con esa sensación de liviandad que, a veces, sentimos en sueños. Ya no le tenemos miedo a nada, todos los peligros son irrisorios. Si las cosas se ponen feas de verdad, basta con despertarse. Somos invencibles.

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Iba caminando de prisa, como si hubiese llegado a última hora de una tarde de julio a una ciudad extranjera. Empecé a silbar una canción mexicana. Pero no me duró mucho aquella despreocupación ficticia. Iba siguiendo las verjas del Luxembourg y el estribillo de Ay, Jalisco no te rajes se me apagó en los labios. Había un cartel pegado al tronco de uno de esos árboles grandes que nos cobijan con sus frondas hasta la entrada de los jardines, allá, más arriba, en Saint-Michel. “Peligro. En breve se talará este árbol. Se sustituirá este mismo invierno.” Durante unos instantes, creí que era un mal sueño. Me quedé allí, petrificado, leyendo y volviendo a leer aquella sentencia de muerte. Un transeúnte se acercó para decirme: “¿Se encuentra mal?” Y, luego, se alejó, chasqueando seguramente ante mi mirada fija. En el mundo aquel, en donde cada vez me sentía más como si fuera un superviviente, también decapitaban a los árboles.

Gnobel de literatura. La Academia Sueca señala que la obra de Modiano ha evocado los más incomprensibles destinos humanos.

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