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Opinión

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18/01/2018
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Mucha tinta hizo correr el feminismo esta semana con la publicación en Francia de un manifiesto firmado por unas 100 artistas e intelectuales que se oponían ideológicamente al movimiento #MeToo, pocos días después de los discursos que se dieron en la entrega de los premios Golden Globe. Las firmantes, entre las cuales se encontraban la actriz Catherine Deneuve y la escritora Catherine Millet, acusaban al movimiento estadounidense que se desató a raíz del caso Weinstein, de ser una campaña de delaciones, una cacería de “brujos” (¡por una vez!), de hombres que tuvieron que dimitir de sus puestos de trabajo sin la posibilidad de responder y de defenderse, por “haber intentado dar un beso, hablado de cosas íntimas o enviar un mensaje con connotaciones sexuales a una mujer que no sentía una atracción recíproca”.

La tribuna publicada en el periódico Le Monde advertía sobre el regreso de una moral victoriana que no beneficiaría la emancipación de las mujeres, sino que estaría al servicio de los intereses conservadores de los enemigos de cierta libertad sexual, como los extremistas religiosos. “La violación es un crimen, pero la seducción torpe o insistente no es un delito, ni la galantería una agresión machista. Como mujeres no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de las denuncias justificadas a las muestras de abuso de poder, toma la forma del odio a los hombres y a la sexualidad”, aclaraban las firmantes. El texto generó una reacción rápida entre las feministas galas, quienes vieron en él un retroceso de los resultados alcanzados y, como declaró la secretaria de Estado por la igualdad, Marlene Schiappa: “es peligroso mantener este discurso cuando nos cuesta tanto trabajo hacerle entender a las chicas jóvenes que cuando un hombre frota su sexo contra ellas en el Metro, se trata de una agresión sexual”.

El debate ventila dudas muy válidas sobre este movimiento liderado por Hollywood, en el que muchas personas cuestionan la validez de una voz tan hegemónica y si ésta de verdad puede representar y/o inspirar a las mujeres normales que no tienen a su disposición al mundo entero para exponer su historia. Estas mujeres que denuncian públicamente el abuso de poder constituyen ya un grupo de poder en una industria percibida como frívola. Estos debates teóricos no debilitan su validez, al contrario, los refuerzan, crean una conversación para que el tema de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer se instaure, se normalice y se difunda, pero siguen siendo sólo debates.

El feminismo ha sido el movimiento que mayor incidencia a tenido en la producción artística de los últimos años, en la que artistas y teóricas han tratado de hacer obvio y desmantelar los privilegios que tienen los hombres en casi todas las esferas. Tratar de nombrarlas todas sería exhaustivo e injusto. Cualquier mujer que haya destacado en toda profesión dirá que tuvo que trabajar mucho más que un hombre, y en la gran mayoría de los casos, por una remuneración menor.

De cierta manera, el feminismo es la teorización del esfuerzo diario y de la valentía anónima de muchas mujeres de todo el mundo. Lejos de las alfombras rojas o de los cafés parisinos, esta semana pudimos ver a la doctora Rosaura Martínez Ruiz, investigadora de la UNAM, recibir de las manos de nuestro ilustre presidente el Premio Nacional de Ciencias y Tecnología 2017 en la categoría de Humanidades. Cuando fue a recoger su reconocimiento vimos a una mujer joven y sonriente caminar frente a una hilera de políticos, llevando un pantalón negro y una playera blanca con la leyenda “Nos faltan 43”. Al verla pensé que la suma de estas acciones, contundentes y valientes, es lo que hará que tal vez mi hija tenga la posibilidad de tener los mismos derechos que su hermano menor.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.