O'Keeffe
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O'Keeffe

08/03/2018
Actualización 08/03/2018 - 15:03

El historiador del arte Ernst Gombrich decía que no hay arte, sino únicamente artistas, y Georgia O’Keeffe (1887-1986) fue una pintora que sustenta esta afirmación. Se le conoce como la primera mujer estadounidense modernista, y produjo un cuerpo de obra sustancial a lo largo de casi siete décadas que cambiaron la iconografía de su país.

Georgia O’Keeffe nació en una granja en Wisconsin y se crió en el seno de una familia numerosa en la que la educación de las mujeres era esencial. Estudió en el Art Institute de Chicago y en el Arts Student League de Nueva York. Posteriormente fue profesora de arte en escuelas públicas en Texas, y después regresó a Nueva York donde se dedicó de lleno a la pintura.

O’Keeffe no perteneció a ningún movimiento específico, inventó un estilo realista simplificado que sintetizó la abstracción y el realismo, experimentando con la escala, la forma y el color, muchas veces a partir de retratos de la naturaleza. Sus famosas pinturas de flores –uno de los temas recurrentes de su obra– que comenzó en los principios de su carrera, son acercamientos a éstas de gran escala, pero de alguna forma las condensa para captar su sustancia.

Para ella no había en su obra simbolismos ocultos, simplemente trataba de revelar la esencia de los objetos a través de la observación, y estuvo en contra de la interpretación libre de su trabajo, especialmente de grupos feministas que veían en esta precisión, casi anatómica, una metáfora de la sexualidad de la mujer. Probablemente en reacción a esto, y por su inmersión en la ciudad, la artista adoptó después otra de sus series conocidas: el retrato de estructuras arquitectónicas.

En 1929 O’Keeffe visitó Nuevo México, lo que representaría un giro en su vida y su carrera. Inspirada por el paisaje, la arquitectura y la cultura de los navajos, la artista fue los veranos a pintar, compró unas casas, y finalmente en 1949 se mudó definitivamente a Nuevo México. De ahí surgieron muchas de sus famosas composiciones: los cráneos de vaca, los cielos inmensos con nubes, los cañones entre montañas. O’Keeffe pintaba obsesivamente los mismos objetos, una y otra vez –una práctica del zen japonés que marca su factura artística– para penetrar la esencia de las cosas y desmantelar el misterio de atracción al objeto de la pintura. “Descubrí que podía decir cosas con el color y la forma, que no podía expresar de otra manera, cosas para que las palabras no existen”, decía. La calidad que esta artista le proporcionó al ejercicio de observar aparece esencial en épocas en las que prevalecen el rendimiento, las pantallas, la tecla del 'me gusta', el régimen de lo homogéneo. Georgia O’Keeffe fue una artista muy prolífica que creó más de dos mil cuadros, y su museo en Santa Fe es el primero en Estados Unidos dedicado a una mujer artista.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.