El cuerpo
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El cuerpo

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El cuerpo

28/09/2017
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El cuerpo
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“El cuerpo (El capitalismo, escribía Walter Benjamin en 1922) es una religión puramente de culto, tal vez la más extrema que haya existido”, y en este contexto que ha creado, el cuerpo se ha convertido en otra divisa, en otro capital. Hoy, el cuerpo es un bien de consumo y cierto mercado decide si el cuerpo merece ser admirado o desechado. La belleza es una de las escalas más burdas con la que se mide al cuerpo.

En la bienal de Venecia de este año, la artista Anne Imhof (Alemania, 1978) presentó Fausto, un cuarto hecho de vidrio, pero que es también una casa que a su vez es un pabellón que a su vez es una institución de arte que representa a un país. El espacio con paredes, suelos y techo de vidrio vuelve todo visiblemente permeable, vuelve todo susceptible de control. Arriba, abajo, a los lados, hay cuerpos que circulan, recreando momentos de deseo y de rechazo, en situaciones irracionales y de búsqueda de sentido, dentro de una estructura fría, casi quirúrgica que, más que contemporánea, aparece como profética.

Pegados al cristal, estos cuerpos pierden su contorno y forman una masa carnal, después son también esculturas y mercancías. La sexualidad que se manifiesta es exclusivamente para ser consumida, para ser mirada, y de pronto abandona estos cuerpos poseídos por el capitalismo. Nuestro cuerpo social ha sido objetivizado como una estrategia de control para ser consumido. Los bailarines parecen perder una dimensión, convertirse de imágenes, y en la era digital y de las redes sociales, las imágenes no describen la realidad, sino que la crean.

Mientras tanto, a nueve mil 911.27 kilómetros de distancia, tembló. Perdí mi casa. Pienso una y otra vez en mis hijos, en el mundo que les va a tocar vivir. Recuerdo el temblor del 85, mientras en las redes sociales circulan imágenes a una vertiginosa velocidad: la ciudad que se reconstruyó sobre sus ruinas volvió a cimbrarse. Pienso en cómo cambió nuestra noción de 'tiempo real', la rapidez con la cual la sociedad civil se organizó para llevar comida, buscar sobrevivientes, dejar a un lado las fracturas económicas, sociales, políticas y raciales, para trabajar cuerpo con cuerpo.

En estos días cambiamos, como si cada uno de nosotros se liberara de los 43 cuerpos que no aparecen y que oficialmente se hicieron cenizas hace tres años; de los otros 100 mil que simplemente murieron; de los más de 30 mil que no se sabe dónde están; de los cuerpos que son tocados sin permiso, abusados, mutilados; a aquel que, por ahí de 1939, a sus seis años, se vio lleno de metralla en medio del campo, de los cuerpos que cuelgan sin vida porque ya no pueden con la realidad.

Regresamos a otro cuerpo, al que amamanta, que es capaz de gestar y parir y crecer y desbordarse; al cuerpo que, aunque esté enfermo, aunque tenga lupus y no le funcionen los riñones, se levanta con una sonrisa. Nos incorporamos al cuerpo que se para frente a un ejército de tanques, al cuerpo que se hinca ante su himno nacional en son de protesta, al que levanta el puño para que otros lo levanten y, en medio del silencio, escuchar si hay otro cuerpo debajo de los escombros, atrapado, resistiendo el miedo, la asfixia, la sed. Nos vimos agotados, sacando escombro, descargando alacenas de camiones, como un solo cuerpo social que sale a decir ¡ya basta!

Son las tres de la mañana, me despierta la lluvia que cae sobre los que reposan entre los escombros, y me vienen a la mente las palabras de James Joyce con las que cierra su cuento Los muertos: “Su alma se extasió lentamente mientras escuchaba la nieve caer ligeramente sobre el universo, y caer ligeramente, sobre la pendiente de su final, sobre todos los vivos y todos los muertos”.

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