Opinión

Partidos cerrados

26 octubre 2017 12:50
 
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PRI

Los partidos políticos no han podido superar la cultura del autoritarismo y la toma de decisión cupular que caracterizó al sistema político mexicano durante el periodo del nacionalismo revolucionario y el priismo hegemónico. Los intentos por abrir estas instituciones a la ciudadanía han caído, una y otra vez, en modelos de manipulación electoral y deslegitimación de estos mismos procesos por los propios militantes partidistas. Tanto el PRI como el PRD han vivido experiencias negativas en su apertura a la elección abierta de candidatos, y el PAN, quien históricamente se vanagloriaba de su estructura democrática, terminó inflando sus padrones de manera tal que sus gobernadores se convirtieron en los grandes electores, al más puro estilo priista.

Estas condiciones, la incapacidad por articular opciones democráticas en los partidos, los ha ido conduciendo a un retroceso paulatino, destinado a regresarle a las cúpulas dirigentes el derecho a decidir sobre las candidaturas, con la mínima participación de sus bases militantes representadas por delegados, que raramente expresan la voluntad de sus afiliados. Este mecanismo termina por concentrar la decisión sobre los candidatos más importantes, léase el de la presidencia de la República, algunos gobernadores y senadores, en el jefe del partido, y en el caso del PRI hoy, en Enrique Peña Nieto.

Esto, que el presidente de la República denominó como la 'liturgia' dentro de los partidos, no es más que la cancelación de la participación de los electores y el otorgamiento de todo el poder de decisión en uno o dos personajes de la cúpula partidaria. Tanto en el PRI, como en el Frente Ciudadano, y en Morena, la idea de que es preferible un acuerdo cupular que una competencia interna con riesgos de divisiones y fracturas, se ha convertido en el argumento básico a partir del cual se repartirán las candidaturas para el próximo año.

Por supuesto que este mecanismo también puede generar disidencias por parte de aquellos no incluidos en el reparto, pero el hecho de que los partidos hayan cerrado sus puertas a la entrada y salida de militantes, dificulta hoy el poder brincar a otra opción partidaria. Es por eso que se estableció el candado para que los independientes se viesen obligados a inscribirse con antelación a los procesos de selección partidarios.

El PRI y sus aliados intentarán una negociación interna a partir de la designación de su candidato presidencial, que les permita acomodar a figuras ganadoras identificadas con el partido en aquellas áreas donde aún el tricolor funciona como marca triunfadora, y a otras alejadas del PRI en los espacios donde el partido es impresentable. Y si los panistas aceptaron la elección abierta entre sus militantes en caso de que el Frente no funcione, esto mostró que la alianza entre panistas, perredistas y ciudadanos no está en condiciones de permitir a sus militantes escoger candidatos y lo harán a través de un acuerdo cupular.

Por supuesto que en el caso de Morena la decisión la toma López Obrador, y salvo casos como el de Ricardo Monreal, no se vislumbran salidas ocasionadas por la decisión del caudillo. Así, los partidos se cierran esperando que sus decisiones sobre candidatos sean acertadas y competitivas en la contienda. Contrario al discurso de la apertura ciudadana para superar su rechazo ante los electores, estos institutos políticos apuestan a la 'sabiduría y experiencia' de sus líderes para escoger de donde sea a sus abanderados, sin la más mínima lógica que la ciega confianza en el dedo dirigente.

La democracia mexicana carece de partidos democráticos y de mecanismos de selección de candidatos que pudiesen reforzar esta tendencia. El caudillo, el presidente, o el líder partidario son, en última instancia, la voz que decide en función de un cálculo político propio.

Lejos, muy lejos del sueño democrático. 

Twitter: @ezshabot

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