Opinión

Paraísos fiscales y la economía del bien común

   
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(Tomada de @JeanTirole)

Jean Tirole, premio Nobel de Economía en 2014 por sus aportaciones al estudio de las fallas de mercado, afirma en su primer y único texto de divulgación económica (La economía del bien común, 2017) que “el mercado es en ocasiones el chivo expiatorio de nuestra hipocresía”. La desconfianza frente a la economía de mercado –y quizá el creciente resentimiento del que se aprovechan los populismos– radica en que se le atribuye buena parte de las causas de nuestros problemas individuales y colectivos, particularmente la cuestión de la desigualdad. “La economía de mercado, dice Tirole, no genera una estructura de los ingresos y de la riqueza conforme a lo que desearía la sociedad”. La política y las políticas públicas importan: sirven para corregir los sesgos cognitivos, los problemas de información, los costos que impone un intercambio a terceros. “Beneficiarse de las virtudes del mercado exige con frecuencia dejar a un lado el laissez-faire”, es decir, modular la confianza ciega en su eficiencia ilimitada. Entender que el mercado no es un fin en sí mismo, sino un simple instrumento.

La crisis de 2008 es la prueba plástica de los efectos de la regulación –o de la no regulación– en los mercados. La especulación financiera en un entorno de intercambios globalizados y regulación insuficiente creó riqueza artificial. Cuando las burbujas reventaron, el crecimiento se colapsó y el desempleo aumentó. La confianza económica se desplomó. Los gobiernos tuvieron que intervenir, fundamentalmente a través de políticas de austeridad. El estado de bienestar tuvo que retroceder para enfrentar la crisis. Al desempleo creciente se sumó la precarización de los servicios públicos y los recortes de las prestaciones sociales. La desigualdad se reflejó no sólo en el ingreso, sino en el acceso a los satisfactores básicos. Es el contexto de insatisfacción en el que hoy fecundan las respuestas populistas y, peor aún, los protofascismos.

Las recientes revelaciones sobre paraísos financieros que utilizan los más acaudalados del mundo para evadir las cargas fiscales ponen el acento, de nueva cuenta, en la pertinencia política y ética de la intervención del Estado en los mercados. Esas formas de evasión fiscal no sólo agudizan la desigualdad, sino debilitan profundamente la capacidad de las instituciones políticas para generar oportunidades, alentar la competencia y la productividad. Detrás de sus causas no hay propiamente un modelo de mercados eficientes que provoquen relaciones económicas justas, sino la claudicación del Estado a su deber más básico de redistribuir correctamente la riqueza que se genera en una sociedad. Es la prueba de la incompetencia de los Estados actuales para aplicar la ley y castigar los actos de corrupción empresarial o política.

La sobrevivencia del mercado como un mecanismo eficiente para conocer preferencias e intercambiar bienes y servicios requiere de una mano visible. La orientación hacia el bien común de la economía de mercado pasa, necesariamente, por recuperar la primacía de lo público sobre los intereses que se intercambian en los mercados. No se trata de regresar a las economías planificadas o bajo control estatal, sino de corregir sus fallos y atender los efectos que pueden generar en la convivencia. De políticas inteligentes que responsabilicen a los actores económicos y que se ocupen de la solidaridad.

Estado y mercado, dice Tirole, son complementarios, no antagónicos. “El Estado no puede lograr que sus ciudadanos vivan sin mercado, y el mercado necesita al Estado: no sólo para proteger la libertad de empresa y garantizar los contratos a través del sistema jurídico, sino también para corregir sus fallos”. En suma, una nueva concepción del Estado y de sus deberes en el marco del hecho inevitable de la globalización.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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