Opinión

¿Para qué las reformas?


 
¿Y para qué queremos las reformas económicas que se preparan, y algunas ya se discuten?
 
Hemos hablado tanto, y por tanto tiempo, de las reformas que ya ni nos tomamos el trabajo de entender y explicar para qué las queremos.
 
Y hablo del conjunto de ellas, por lo menos en materia económica.
 
El gran propósito es elevar el nivel de vida de la mayoría de la población. Todo lo demás es un medio.
 
¿Cómo se articulan las reformas con ese propósito?
 
Básicamente en dos vertientes. La primera es obtener tasas de crecimiento más elevado que permitan generar una mayor riqueza en el país.
 
La segunda es a través de la "democratización" del incremento de la productividad, de modo tal que permita a millones de personas y unidades económicas tener más ingresos.
 
Veamos cómo operan las reformas en las dos vertientes.
 
La única manera de acelerar el crecimiento de la economía es también acelerando la inversión productiva.
 
El ritmo de crecimiento que la formación bruta de capital fijo ha tenido en los últimos nueve años es de 4.2%.
 
La tasa parece alta si se compara con el crecimiento del PIB en el mismo periodo, que fue de 2.6% anual en promedio.
 
El problema es que nuestra tasa de inversión es muy baja en comparación con la que tienen los países que han logrado crecimientos más altos.
 
En 2003 era de 19% (es decir, la proporción de la inversión en el PIB) y en 2012 llegó apenas a 21.8%.
 
En países emergentes exitosos, como algunos asiáticos, la tasa llega a 30%. En China alcanzó a estar cerca de 40%.
 
Considerando que la economía avanzara en promedio 4% en lo que resta de la década, se requeriría que la inversión creciera a un promedio anual de 7.9% para que en 2020 tuviéramos una tasa de inversión de 30% del PIB.
 
Las reformas van a funcionar si contribuyen a ese resultado a través del abaratamiento de insumos y de la atracción de inversiones.
 
Si la reforma en telecomunicaciones permite que las empresas paguen menos en telefonía y reciban mejores servicios, habrá cumplido su propósito. Y vale lo mismo para las demás.
 
En la otra vertiente, la clave es que el crecimiento de la inversión de la que hablamos antes no se concentre en un grupo pequeño de empresas.
 
Tiene un efecto limitado, por ejemplo, recibir inversiones fuertes de armadoras automotrices si no se logra que la cadena de proveeduría esté en mayor proporción en México, y que en ella participen Pymes.
 
Se requiere asignar a la reconstrucción de este tipo de cadenas productivas muchos más recursos que los canalizados ahora, pero se requiere, al mismo tiempo, el desarrollo de la capacidad empresarial para que las empresas medianas y pequeñas usen productivamente esos recursos, pues de lo contrario su efecto sería transitorio.
 
Si se combinan recursos y capacidad empresarial, entonces miles de empresas pueden incrementar su productividad y, por lo tanto, generar volúmenes crecientes de recursos que van a permitir ingresos mayores para quienes laboran en ese tipo de empresas.
 
Finalmente, le pongo sólo un ejemplo de lo que no debe suceder.
 
En el lapso que va de 2001 a 2012, la productividad laboral en el comercio al menudeo de alimentos, bebidas y tabaco, sector dominado por pequeños establecimientos, no sólo no creció, sino que cayó en 12.5%.
 
En las tiendas de autoservicio, este indicador creció en 1.7%.
 
Aunque ninguno de los dos resultados es bueno, claramente las pequeñas empresas comerciales van en picada.
 
El resultado son los muy bajos ingresos de millones de personas que atienden todo tipo de "changarritos".
 
Ojalá se pudieran ocupar en actividades que generen más ingresos. Eso deben permitir las reformas.
 
enrique.quintana@elfinanciero.com.mx