Opinión

Para lectores y no lectores, un regalo

Decíamos la semana pasada, citando a una mujer que trataba de alentar la lectura en sus hijos utilizándola como castigo, que existen mejores caminos para sembrar la alegría de leer.

Pensaba argumentar, pero en materia de lectura no hay mejor argumento que la lectura misma, de manera que en lugar de razones ofrezco a lectores y no lectores este fragmento de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, puesto que en los siguientes párrafos habrá más alicientes para leer que en los mejores y más retóricos exhortos.

Don Quijote va por el campo en su caballo Rocinante y descubre a unos mercaderes que vienen por el camino, en lo que ve una oportunidad para ofrendar a su amada Dulcinea una aventura, y dice a los mercaderes (dejo la palabra a Cervantes):

—Todo el mundo se detenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

Paráronse los mercaderes al son de estas razones, y a ver la extraña figura del que las decía; y por la figura y por las razones luego echaron de ver la locura de su dueño, mas quisieron ver en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno de ellos, que era un poco burlón y muy discreto, le dijo:

—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

—Si os la mostrara –replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender, donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.

—Señor caballero –replicó el mercader—, suplico a vuestra merced, para que no carguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea del tamaño de un grano de trigo; y aun creo que estamos ya tan de su parte, que aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro mana berbellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

—No le mana, canalla infame, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis hecho contra tamaña beldad como es la de mi señora.

Y, diciendo esto, arremetió con la lanza contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:

—No huyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.

Ha leído usted un fragmento de la novela emblemática de todos los tiempos. Usted puede comentar lo que ha leído, sonreír, reflexionar, asombrarse, y ya sabrá si quiere leer más de esta historia o ir a buscar otra que lo entusiasme y le haga ver que la vida es más grande y profunda de lo que, presurosos, ensimismados, estresados, a veces nos parece.