Opinión

Para ganar la elección… contrate a su abogado


 
Hace años nuestros políticos obtenían sus cargos de elección popular mediante la designación superior, método conocido como dedazo.
 
No era el voto colectivo sino la decisión personal la que decía quién y en qué puesto.
 
Todos sabíamos que así era el juego. Votar por el que ya había designado alguien, o por otro, con la conciencia de que de nada serviría.
 
Durante décadas hicimos esto muy serios. A partir de la década de los 80 íbamos a las urnas riendo, bromeando, inventando o reproduciendo chistes, divirtiéndonos con nuestra peculiar democracia.
 
Hacer política entonces era congraciarse con el gran elector. De todos modos, por si las dudas, hacían falta operadores, acarreadores, paleros, para atraer la atención del que decidía.
 
Después empezó a haber competencia. Había que tener ideas y difundirlas.
 
Luego los políticos se dieron cuenta de que el ágora no existía. La plaza pública estaba en los medios. Quien no estaba en los medios, no existía. Surgieron así las campañas mediáticas.
 
Pronto la mercadotécnica, la frase ingeniosa, el lema atractivo, el slogan ocurrente, sustituyó a las ideas.
 
Lo que se requería era, pues, una buena campaña de medios. Los artificios propagandísticos incluso crearon otro recurso: la campaña sin candidato. Y otro más, el aprovechamiento de los programas sociales. Te doy ahora y me votas después.
 
Otra vez rápidamente, partidos y candidatos se dieron cuenta de que algo fallaba en esta estrategia: se podía ganar la campaña y perder la elección.
 
¿Cómo era posible semejante combinación? La diferencia estaba en los operadores el día de la elección. Podía haberse hecho una campaña atractiva y ganadora, pero de nada servía si no se contaba, el día de la jornada electoral, con una eficaz logística para llevar a los votantes a las urnas, lo que representa, entre otras cosas, mucho dinero “para los operadores”.
 
El triunfo dependía del acarreo final, no ya para llenar plazas y calles en la campaña sino para asegurar votos.
 
En esta mezcla de recursos cabía (y cabe) de todo: activistas, propagandistas, genios del marketing político, encuestadores, productores de spots, operadores de masas, acarreadores y, en los últimos tiempos, expertos en redes sociales. Una buena foto, una frase de impacto, un buen equipo para la campaña negra, un imagógolo, un cuarto dotado con docenas de computadoras para dominar en internet. Con esta mezcla, podía incluso prescindirse de ideas.
 
Cuando empezábamos a creer que allí acabaría todo, ha surgido un indispensable elemento profesional: los abogados. Porque lo que no se gana con todo lo anterior se puede obtener, rescatar, o simplemente enturbiar, en los tribunales.
 
Ahora los partidos políticos se preparan precisamente para esta batalla. El PAN dice que cuenta con un equipo de 1,500 abogados y el PRI con 1,200.
 
Hay más abogados en las elecciones de este año que puestos por disputar.
 
Van quedando atrás los tiempos del dedazo, el marketing, los imagógolos. Empieza, o se consolida, la era de los abogados.
 
Podrán votar millones en las elecciones estatales que se avecinan, pero lo que decidirá los resultados será la pericia, los recursos, los laberintos de los abogados.
 
Pronto habrá anuncios en internet, en medios y en edificios: “Ganamos la elección por usted. Garantizado. Padilla y Asociados”. Mejor todavía si el bufete se llama Goldsmith, Wallace o McLauren.