Opinión

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Juntas empresariales. (Especial)

Dicen los que saben que el lenguaje es lo que nos define. Hace poco leía que la mejor forma de descubrir si alguien engaña no es con tortura, sino mediante el lenguaje. La mayor dificultad de mentir estriba en la construcción de una narrativa detrás de la mentira. Mantenerla es un esfuerzo tan grande que, si se presiona lo suficiente, se derrumba. Son las palabras las que nos dan sentido.

Por eso estoy convencido que el motor de las transformaciones sociales es la generación de ideas. Son las ideas las que, convertidas en discursos, permiten ciertas cosas e impiden otras. Son la fuente del crecimiento económico, en forma de innovación tecnológica; son la fuente de la dinámica política, en forma de discurso legitimador; son la fuente de la estructura social, en forma de códigos: legales, morales, comunicacionales.

Por eso el proceso de transformación de una sociedad no es ni económico, ni político, ni social: es discursivo. Por ejemplo, la tecnología está disponible para todo el mundo, pero su aplicación es muy diferente entre países e incluso entre regiones, y lo es por la mayor o menor aceptación de las ideas. Los dos grandes elementos de la historia reciente del mundo, democracia y crecimiento económico, son resultado de un cambio de discurso que llevó 300 años en establecerse. Porque el discurso no cambia fácil. Muchos países no perciben esto, y no entienden por qué no logran crecer más o que la democracia se afiance. Bueno, pues si su discurso no cambia, jamás lo lograrán.

Democracia y crecimiento son una aportación de Occidente. No existieron en otros tiempos y lugares (aunque algunos lo crean). El conjunto de ideas que permitieron esta aportación pueden resumirse en dos: un Estado fuerte, limitado por la ley y responsable frente a los ciudadanos (Fukuyama), y una sociedad que celebra la producción de riqueza y desprecia a quien obtiene riqueza por privilegios (McCloskey). Sin ellas, es imposible tener un país rico y democrático. Sin un Estado fuerte, hay caos. Si es fuerte, pero no limitado, no hay riqueza, porque la roba. Si es fuerte y limitado, pero no responde a los ciudadanos, es una oligarquía, injusta por definición.

Pero más interesante para nosotros es lo segundo. En América Latina no celebramos la generación de riqueza. Celebramos a los ricos, como sea que lo hayan logrado. Haya sido produciendo, heredando, por corrupción o por crimen, nos da igual. Por eso somos el continente más desigual del mundo, y el más violento. Si queremos tener países exitosos y democráticos en América Latina, es indispensable que borremos de nuestra mente las creencias que construimos durante todo el siglo XX. Desde la superioridad humanística del latino (Ariel) a la superioridad moral de obreros y campesinos.

Si de verdad quieren economías boyantes, es indispensable reconocer al empresario como el gran héroe de las sociedades modernas. La creación de riqueza que ha caracterizado al mundo anglo-neerlandés desde el siglo XVI depende del empresario, la persona que decide tomar riesgos para obtener una ganancia, que imagina un espacio en el mercado y organiza trabajadores, herramientas, materiales e ideas para ocuparlo. Pero el empresario ha sido despreciado. Por los románticos a fines del siglo XVIII, por los izquierdistas de todos colores durante el siglo XX, por la Iglesia Católica todo el tiempo. A todos les gusta la riqueza, pero no quien la produce.

Si de verdad quieren que México sea rico y democrático, el camino es claro: convertirlo en un país de empresarios y celebrarlos como lo que son, los héroes de la sociedad moderna.

Twitter: @macariomx

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