Opinión

Para celebrar la Independencia

 
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Luces Zócalo. (Tomada de @ManceraMiguelMX)

Las celebraciones del Centenario de la Revolución y el Bicentenario de la Independencia fueron espantosas. El gobierno de Felipe Calderón no estuvo a la altura. El asunto se volvió una papa caliente al que nadie quería entrarle. Alzaron en el Zócalo un monigote gigantesco que todos identificaron con el narcotraficante Jesús Malverde y que actualmente reposa con justicia en el basurero de la Historia. Se tronaron muchos cohetes. También se levantó un monumento que costó mil millones de pesos y que hoy se ve empequeñecido al lado de los enormes edificios que permitieron construir enfrente. La “Estela de Luz” resultó finalmente un gran, un inmenso monumento a la corrupción. Por supuesto, no se sancionó a nadie, no se devolvió ni un solo centavo por el sobreprecio y todos quedamos, como siempre, muy frustrados por algo que pudo salir bien y terminó como fracaso. Metáfora de nuestros sexenios.

Tenemos una relación muy peculiar con nuestra Historia. La tumba de Hernán Cortés está escondida en el fondo de una iglesia. El hombre que consumó la Independencia de México está expulsado del panteón de los héroes. A los restos de Porfirio Díaz, quien sentó las bases del México moderno, no se les permite reposar en suelo patrio. Un extraño enemigo profanó con su planta Los Pinos invitado ni más ni menos que por el presidente. “Nuestra historia –escribió Jorge Ibargüengoitia– es oscura, sangrienta y en general masoquista. Nuestros héroes predilectos son los que perdieron las guerras y murieron por órdenes del vencedor taimado.

El héroe mexicano de segunda muere a destiempo en su oficina, el de tercera vence, el triunfo se le sube a la cabeza, comete una serie de errores, se desprestigia y es fusilado.” Nada que ver con lo que ocurre en el Norte, pero sobre todo en el Sur de nuestro continente. El culto a Bolívar es casi religioso. De esto se aprovechó Hugo Chávez. “En el Sur –dice Ibargüengoitia– Bolívar es el número uno de los héroes, en México sería el peor de los villanos.”

¿Qué independencia celebraremos este 16 de septiembre? ¿Festejaremos nuestra soberanía? Ante la amenaza de los candidatos de Estados Unidos de revisar el TLC, no nos hemos cansado de repetir la profunda dependencia que nuestra economía tiene con la de nuestros vecinos. ¿Nuestra unidad? Más de 27 millones de personas de origen mexicano radican en Estados Unidos, y no se fueron por el clima.

¿Celebraremos nuestro lugar en el mundo? Nunca han estado, en el México moderno, tan bajos nuestros bonos. Por la invitación a Trump, somos el hazmerreír del mundo. En la dilatada transición cubana, fuimos dejados a un lado. Venezuela en estos días está consumando un golpe de Estado (se han declarado nulas las disposiciones de la Asamblea, en manos de la oposición) y somos incapaces de alzar la voz en defensa de la democracia. ¿No sería momento para que el presidente diera el Grito en Ciudad Juárez y que ahí en la frontera, no sólo dijera que no pagaremos el muro absurdo, sino que diera razones de por qué no debe erigirse tal barrera?

En vez de ver por la televisión el Zócalo repleto de acarreados, para evitarle una rechifla al presidente, o de bailar el Noa Noa luego de comer pozole, les propongo que celebremos ese día con la lectura de un gran libro. El último que escribió su autor antes de morir en un accidente de avión. Una extraordinaria novela en clave paródica que en España se llamó Los conspiradores y que en México circula con el nombre de Los pasos de López. Su autor: Jorge Ibargüengoitia.

Los protagonistas de la novela tienen nombres de champaña: Matias Chandón y Domingo Periñón. La novela goza de un magnífico buen humor pero carece de chistes. Lo humorístico se da por las situaciones absurdas en las que se ven involucrados sus personajes. Su tema es la Independencia. Las conspiraciones, las batallas, las delaciones, los errores y el fusilamiento de Periñón, es decir, de Hidalgo. La Corregidora no es la señora de chongo que imaginamos siempre de perfil sino una criolla coqueta a quien le gusta la acción. La trama es absurda porque está llena de detalles reales. Los patriotas tienen miedo.

Los héroes lo son por accidente. Los planes son magníficos pero su realización es caótica. Deja de lado las tonterías piadosas, como la del Pípila. A cambio nos entrega personajes más reales y vívidos que los que ha consagrado la Historia. El Periñón de Ibargüengoitia es un Hidalgo de carne y hueso, bailador y parrandero, hombre industrioso y decidido, acompañado por sus tres ”sobrinas”.

Jorge Ibargüengoitia rehuyó siempre el tono impostado de la Historia, el gesto adusto de los héroes, las frases inmortales. En su lugar encontramos la vida de unos seres demasiado humanos que querían algo a lo que todos deberíamos aspirar: un país mejor.

Twitter:@Fernandogr

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