Opinión

Padres y madres
que no aman

   
1
    

    

Padres que no aman (Shutterstock)

Una de las expectativas humanas más comunes es que sus padres lo amen, quizá no mucho ni incondicionalmente, pero que lo quieran. Sin embargo, las historias de rechazo de padres a hijos aparecen siempre en el consultorio y fuera de él. Si algo marca la vida de un adulto, es saber que su madre no lo quiso o que a su padre le fue indiferente o prescindible.

Hay padres y madres que no pueden o no quieren amar, pero la orfandad emocional avergüenza tanto que quienes la viven prefieren pensar que están exagerando.

Aceptar que existen padres que agreden, critican y abandonan, es un camino para el cambio de paradigma sobre las relaciones amorosas y amistosas. Los sobrevivientes del desamor tienden a conservar estilos vinculares muy parecidos al que vivieron en los años del crecimiento.

Crecer sin amor y sin apoyo, verse en un espejo que no devuelve un reflejo de aceptación, recibir una mirada de desaprobación o ninguna mirada, produce un hueco en la seguridad básica, un agujero de dudas sobre ser merecedor de atención, escucha y afecto.

Estas primeras relaciones con los padres tendrán consecuencias en el tipo de apego, que generalmente será inseguro, lleno de ambivalencias y de defensividad.

Los hijos del desamor crecen pensando que el mundo de las relaciones no es confiable y sin ayuda terapéutica, difícilmente podrán modificar esta idea, pero sobre todo su forma de experimentar la cercanía.

La falta de amor paterno y materno es el origen de la falta de confianza en los propios logros y capacidades, porque se ha internalizado una voz que descalifica: no eres inteligente, ni bonita, ni valioso.

Los adultos que crecieron con poco o nada de amor y aceptación no pueden creer que alguien los quiera, por eso necesitan confirmación constante. Son obsesivos, inestables emocionalmente, con necesidades sexuales muy intensas y fuerte tendencia a los celos. ¿De verdad me quieres? preguntan hasta el cansancio.

El desamor durante el desarrollo atrofia la capacidad para poner límites, así que estos adultos se convierten en expertos en complacer; creen que solo así serán dignos de amor. Son incapaces de decir que no por el miedo a ser abandonados. A veces, paradójicamente, se entregan tanto, dan tanto y son tan complacientes, que su objeto de amor se abruma y siente la necesidad de huir. Los amores obsesivos son casi siempre producto de una falla en la seguridad básica y suelen despertar miedo a ser invadido, a menos que del otro lado también haya alguien con enormes agujeros en el apego. Estas relaciones son siempre pasionales, turbulentas, marcadas por el deseo insaciable de que otro cure heridas preexistentes.

Sin trabajo terapéutico, los huérfanos emocionales conservarán una visión distorsionada de sí mismos, porque siguen viéndose como los vieron sus padres: Incapaces de tener éxito o de aventurarse en retos nuevos.

Por todo lo anterior, es una falta de ética decirle a los pacientes que solo tienen un problema de autoestima, cuando la falla es mucho más profunda y se relaciona con la autoimagen inconsciente, que tendrá que modificarse poco a poco, aceptando el pasado y construyendo nuevas formas de relación con el si mismo y con los otros: Modos de amar menos defensivos que permitan la cercanía, relaciones que no se distingan por la tensión que genera la hipersensibilidad o la incapacidad para manejar las emociones o la rumiación de un pasado traumático y triste.

Es importante poder darse cuenta de la tendencia a reproducir los vínculos originales en las relaciones adultas. Para el inconsciente es preferible lo incómodo pero familiar, así que muchos terminan acercándose a alguien parecido al padre o a la madre rechazante.

Es necesario emanciparse psíquicamente de los padres. Deshacerse, con trabajo terapéutico de mediano y largo plazo, de todos los lastres para el amor propio que impiden contar historia nuevas.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:
Fragilidad emocional
Elegir mal
La paz está sobrevalorada