Toma de posesión: lo bueno
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Toma de posesión: lo bueno

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Toma de posesión: lo bueno

02/12/2018

Ayer tuvimos un espléndido ejercicio democrático, al ocurrir el traspaso de mandos institucionales de la República en paz y con razonable concordia entre todas las fuerzas políticas.

El fin de la corrupción fue la bandera que el presidente López Obrador ondeó desde principio hasta el último minuto de su discurso en el Congreso, y en ello empeñó su palabra.

Si logra, en su sexenio de cinco años y diez meses, bajar los niveles de impunidad y de corrupción, será un gran logro de su gobierno y la insistencia que ha mostrado en el tema habrá valido la pena.

Tiene un respaldo popular amplísimo y un Congreso a modo para conseguir un gran gobierno.

En la ceremonia de ayer quedó de manifiesto el buen ambiente que se vive, y es un momento grato para avanzar con respeto a los poderes y a la pluralidad existente en el país.

Los desplantes panistas contra el buen curso de la sesión tuvieron poco eco, a pesar de la enorme provocación que fue traer a Nicolás Maduro a la sede de la democracia y la pluralidad nacional: el Palacio Legislativo de San Lázaro.

Como suele suceder en estos casos, las protestas con pancartas y gritos acaban por ridiculizar a quien las emite, y los legisladores de Acción Nacional quedaron mal parados con reclamos que subrayan su desnaturalización: se morenizaron.

El presidente entrante pudo rendir protesta sin sobresaltos, en gran medida porque fue él y no otro quien ganó las elecciones.

Ni Peña Nieto ni Felipe Calderón pudieron asumir el mando en condiciones de normalidad, por la protesta violenta de los entonces seguidores de López Obrador afuera y adentro del recinto del Congreso.

La diferencia en el porcentaje de votos con que ganó AMLO fue mucho mayor a la que tuvieron Enrique Peña y Felipe Calderón, es cierto, pero no debe ser lo cuantitativo lo que prive para tener o no una ceremonia republicana.

El presidente fue amable en lo personal hacia el mandatario que se fue, lo que no obstó para decirle todo lo que quería decirle.

Olvidó mencionar, eso sí, que además de los problemas de corrupción e inseguridad, recibió de manos de Peña Nieto un país con finanzas sanas, estabilidad económica, 190 mil millones de dólares en inversión extranjera, cuatro millones de nuevos empleos y un Tratado de Libre Comercio de América del Norte refrendado.

López Obrador tiene todo para hacer un buen gobierno: respaldo popular, esperanza de la gente, credibilidad y simpatía de una amplia mayoría de la ciudadanía, buena disposición de medios y empresarios, compromiso de lealtad de las Fuerzas Armadas, Congreso afín…. Y, además, dinero en la caja.

Prometió no reelegirse al frente del Poder Ejecutivo, con lo que aplacó comentarios que ponían en duda sus intenciones con respecto a su estancia en el poder.

Con lo que vimos ayer, López Obrador tiene la mesa puesta para ser el gran presidente que se ha propuesto ser.

Si logra bajar la corrupción y la inseguridad, sin destruir la economía ni polarizar a la sociedad, será un buen presidente.

Todo dependerá si rectifica en algunas de sus ideas más acendradas que dividen a los mexicanos entre ellos, los buenos, y los conservadores neoliberales corruptos e impresentables.

Ya cambió de opinión sobre las Fuerzas Armadas, y fue uno de los puntos más encomiables de su discurso en el Congreso.

Luego de haber tenido frases despectivas hacia los institutos armados durante la campaña y antes de ella, ayer los bañó en elogios.

Nos habló de un “ejército surgido del pueblo”, “que ha probado su lealtad”, es “pueblo uniformado”, “no tiene en su seno a minorías corrompidas”, “no son oligarcas”, “tienen el respaldo de la opinión pública”, “ha sido eficaz”, “tiene vocación nacionalista”, etcétera.

Todo lo que dijo es verdad.

Y si tiene la capacidad para rectificar en otros temas, podrá hacer un muy buen gobierno.

Porque pueblo tiene. Y dinero también.

El análisis del contenido de la toma de posesión, en mi columna de mañana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.