Opinión

Otrooo pacto por la seguridad

“Necesitamos un pacto por la seguridad”, esta frase empezó a circular hace dos semanas. Lo escuché por primera vez cuando moderaba una mesa en el Foro de Negocios en Querétaro, cuando uno de los panelistas, Gerardo Gutiérrez Candiani, del Consejo Coordinador Empresarial, lo exigió y este comentario fue nota en muchos medios de comunicación. Surgieron voces de apoyo a esta demanda, incluyendo un llamado hecho por Juan Pablo Castañón, presidente de Coparmex, ante el primer mandatario Enrique Peña Nieto, en una comida celebrando el 85 aniversario de esta cámara empresarial.

Ante la crisis de seguridad que se vive en el país, los cuestionamientos que existen de la capacidad del gobierno de poder enfrentar la criminalidad y el impacto mediático a nivel nacional e internacional del país, debido a los terribles eventos en Guerrero, parecería que al presidente Enrique Peña Nieto no le quedó otra que subirse al barco y también hacer un llamado por un “Pacto para la Seguridad”. Y con la experiencia del “Pacto por México”, ¿Por qué no entrarle al tema más difícil que enfrenta su gobierno con proceso de compartir responsabilidades y objetivos?

El problema del “Pacto por la Seguridad” es que probablemente tendrá el mismo fin del que tuvo el “El Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad”, que se firmó y se publicó en el Diario Oficial de la Federación en agosto de 2008 y que resultó ser un fracaso.

Fue tal la intención de Enrique Peña Nieto de tomar distancia de la guerra frontal en contra del crimen organizado, que embarcó al país Felipe Calderón, que hasta inicios de este año, el presidente se rehusaba a mencionar en sus discursos oficiales temas como el narcotráfico, masacres, guerra o crimen organizado.

Se entendía en su momento la intención del presidente Peña Nieto, que buscaba que en este sexenio la violencia y la inseguridad que se vive en el país no secuestren sus mensajes sobre la economía y el crecimiento.

Pero el no hablar sobre el tema no significaba que no había un serio problema de gobernabilidad en el país, debido a la capacidad bélica y corruptora de estas organizaciones, que en algunos casos, se consideran entre las más violentas del planeta. También, el no reconocer públicamente la situación de inseguridad en el país podría mostrar un desconocimiento de la realidad en la que vive un porcentaje importante de los mexicanos, además de que eventualmente la realidad tendría que alcanzarlos.
Los alcanzó y ahora se busca recrear un esquema que podría ser similar a “El Acuerdo por Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad”, porque el gobierno se estaría quedando sin opciones políticas para enfrentar el problema.

El acuerdo de 2008 dice: “reconocemos que la sociedad mexicana se encuentra profundamente agraviada por la impunidad, la corrupción, la falta de coordinación entre las autoridades, así como por un ambiente de inseguridad y violencia”. Y se plasmaron en aquel entonces 74 acuerdos, mismos que el Ejecutivo federal se comprometió a cumplir y operarían bajo las premisas de que la seguridad sería política de Estado y que debería de haber cooperación entre los tres órdenes de gobierno, el sector privado, los medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales. Hubo grandes reuniones públicas, con muchos bombos y platillos, pero pocos, muy pocos resultados.

En este mismo espacio he comentado cómo puede resolverse la ola de violencia que enfrenta el país, una entidad o un municipio. Y la verdad es que no parece ser tan difícil. Se requiere:

1. Voluntad política.
2. Controlar la corrupción y castigar a los corruptos.
3. Asegurar los recursos necesarios.
4. Tener un plan de acción con pasos a corto, mediano y largo plazos.
5. No tolerar la falta de cooperación y colaboración entre funcionarios y ramas del poder.
6. Exigir resultados, de lo contrario que renuncien.
7. Asegurar un marco jurídico que permita a las autoridades enfrentar a las organizaciones más peligrosas del planeta.
8. Tener absoluta claridad de qué exigir a la Federación y a la comunidad internacional.
9. Trabajar con la sociedad civil, no grillar.
10. Ejercer un liderazgo extraordinario ante una crisis extraordinaria.
En este último punto, el de liderazgo, quisiera subrayar un libro de Malcolm Gladwell llamado The Tipping Point, donde nos dice que grandes y profundos movimientos sociales que experimentan comportamientos positivos y negativos, ideas y nuevos mensajes, pueden ser tan contagiosos para constituirse como una epidemia por la que un grupo de personas, en forma repentina, precipitada y contundente, producen un cambio masivo.

Urge encontrar a esas personas…