Opinión

Otro Bush

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Jeb Bush buscará candidatura republicana para la presidencia en 2016

Como prueba inevitable de la incapacidad de renovación en el sistema político estadounidense, aparece la confirmación –muy anticipada y mencionada– de Jeb Bush como aspirante republicano a la presidencia de Estados Unidos.

En sentido estricto se trata del cuarto Bush involucrado en la alta política de su país: su abuelo Prescott Bush fue senador, su padre George H. W. Bush, presidente (1988-1992), su hermano George W. Bush, presidente (2000-2008), y ahora aparece Jeb, el más joven (62 años) de la dinastía.

En el caso de que Hillary Clinton, como todo parece indicar, capture esta vez la candidatura demócrata a la Casa Blanca, habrá una segunda carrera presidencial encabezada por los mismos apellidos: Clinton-Bush. La primera fue la victoria de Bill sobre el presidente Bush (padre) en 1991.

Muchos artículos y editoriales en medios estadounidenses hablan de las dinastías, la firma y el seguimiento de una forma de hacer política al señalar la continuidad de estas dos familias. Para Jeb, puede que el pasado de su padre y su hermano no signifiquen necesariamente ventajas frente al electorado.

Jeb Bush fue gobernador de Florida y se distinguió por ser un republicano moderado. Tolerante en cuanto a posiciones clave de su partido en torno al aborto y los matrimonios del mismo sexo, públicamente abierto a una reforma migratoria, distante de las posiciones bélicas y armamentistas que distinguieron a su padre y a su hermano –al grado de tropezarse recientemente en una conferencia de prensa–, Jeb tendrá que convencer al sector más tradicional y conservador de su partido. El llamado establishment republicano ha sido fundamental para impulsar candidaturas y carreras presidenciales desde la década de los años sesenta. Ningún aspirante se ha convertido en candidato sin el apoyo frontal y abierto del viejo liderazgo republicano, hoy más anquilosado y lejano al electorado que nunca.

Bush será y ha sido ya –arrancó en diciembre– muy eficiente en recaudar fondos. Ahí sí las conexiones y poderosas relaciones de su familia con el capital, la industria y el petróleo serán clave para reunir una cantidad importante para una larga y competida campaña. Sin embargo, en cuanto a temas delicados y sensibles, queda la huella del alza de impuestos del padre, y de las dos sangrientas y desastrosas guerras de su hermano.

Además está el muy competitivo y para algunos saturado camino hacia la candidatura republicana: en total 11 aspirantes, cuatro senadores, cinco exgobernadores, un gobernador y otros tantos. Bush no llega a la contienda como el puntero de la carrera, aunque cerca por su pedigrí y su capacidad recaudadora. Entre sus contendientes aparecen: el senador Marco Rubio de Florida, antiguo colaborador del propio Bush; Scott Walker, exgobernador de Wisconsin; Mike Huckabee (segundo intento) exgobernador de Arkansas; Rick Perry, exgobernador de Texas; Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey; el senador Ted Cruz de Texas y el senador Rand Paul de Kentucky, entre otros.

Por el tono anunciado ayer y por sus declaraciones en entrevistas, Bush parece intentar postularse como un candidato “optimista”: un republicano con un buen mensaje, positivo, esperanzador, acerca de un futuro difícil pero no catastrófico. Los clásicos señalamientos a Washington y su forma burocrática de hacer las cosas que forma parte de todo discurso –demócrata o republicano– a la presidencia, y que después acaba por consumirlos al llegar a la Casa Blanca. Vean a Obama, pocos outsiders como el afroamericano hawaiano de Chicago que se “coló” a las grandes ligas y que acabó atrapado en la batalla eterna entre la Colina del Capitolio y la Avenida Pensylvannia.

Bush transitará entre la reforma migratoria y una política exterior firme, que recupere el nivel de primer superpoder de Estados Unidos, para buscar un difícil equilibrio entre los conservadores y los moderados. Compleja carrera, pero tiene el dinero y el apellido.

Twitter: @LKourchenko

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