Opinión

Otro bric que se desploma entre grandes manifestaciones


 
Como Suráfrica después de la matanza de mineros huelguistas en Marikana de 2012, que exhibió los límites de un sistema clientelar y corrupto que no ha mejorado sustancialmente las condiciones de vida de la mayoría tras el apartheid, Brasil vive hoy grandes protestas que han recordado a su propia población la deuda social.
 
Apenas bastó un aumento de 20 centavos a las tarifas del transporte público en Sao Paulo y Río de Janeiro --menos de 10 centavos de dólar-- para que la inconformidad prendiera en todo el gigante amazónico, desde Fortaleza, en el rezagado norte atlántico hasta Curitiba, en el sur donde se concentran la mayor parte de la población y de la riqueza, justo mientras los ojos del exterior se enfocaban en la Copa
 
Confederaciones, antesala del mundial de futbol y de los juegos olímpicos en los próximos tres años.
 
Lo había advertido el asambleísta carioca Marcelo Freixo, militante del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), que rompió con el Partido de los
 
Trabajadores de Luiz Inácio Lula da Silva tras su corrida a la derecha en 2002), mientras el año pasado la Policía Militar, temida por sus violaciones a los derechos humanos, limpiaba en una operación quirúrgica, esta vez sin víctimas que lamentar, las favelas de la cidade maravilhosa: los 27 mil millones de reales que el gobierno de Dilma Rousseff gastará tan sólo para el mundial de futbol no se justifican, cuando "necesitamos mejores escuelas, mejores hospitales y barrios seguros. No sólo espectáculo".
 
La misma frase se ha escuchado en las ciudades brasileñas en los últimos días, a un mes de la visita del papa Francisco. La gente se queja del pésimo transporte público y de la inseguridad; piensa que recibe muy poco a cambio de sus impuestos y, sin dejar de reconocer el mérito de Lula al sacar a millones de la pobreza en una década --al tiempo que en México los multiplicábamos, aunque el Inegi diga que "creció la clase media"--, reprueba que persistan la corrupción en las altas esferas oficiales y una burocracia laberíntica.
 
Sexta
 
"Brasil puede ser la sexta economía global, pero también es un estado crónicamente corrupto y burocráticamente gigante. Está afectado por una inequidad endémica y sigue invirtiendo por abajo del promedio de la OCDE en educación. El gasto en salud es aún menor", resumió ayer en The Huffington Post la periodista Rita Lobo, especializada en cocina pero con mucho sentido común.
 
Destacó que Río de Janeiro aparece usualmente en la lista de las ciudades más caras, aunque el salario mínimo mensual no rebasa los 200 dólares. Y lo mismo se puede apuntar de Sao Paulo, con la mayor concentración de aviones privados en el planeta y deficientes servicios públicos para la clase media que dan la razón a Gilberto Carvalho, secretario general del gabinete de Rousseff, cuando expresa que su impresión de las manifestaciones es que "hemos superado algunos obstáculos, pero la sociedad quiere más".
 
Un capítulo aparte ha sido la sensibilidad mostrada por Rousseff al ponerse del lado de los inconformes. En su primera gran crisis interna, inesperada, ha probado que es digna sucesora de Lula y que el PT, pese al desgaste del poder, todavía mantiene los reflejos que le permiten interpretar hacia dónde marchan las protestas. La decisión de anular las alzas del transporte en varias ciudades posiblemente apagará la chispa del descontento, antes de que gane terreno un movimiento antisistema más amplio y caótico, como el de Turquía.
 
No obstante, será necesario que el gobierno se mueva con mucho cuidado. La cadena Globo se ha esmerado en minimizar la situación y varias estaciones de radio fueron presionadas para disminuir su cobertura, olvidando, como afirma Lobo, que los jóvenes se comunican en las calles y plazas a través de Internet.