Opinión

Otra vez el informe

Otra vez el Informe Presidencial ofrece materia para el comentario en algo, cualquier cosa, que ni siquiera pudo alguien haberse imaginado la víspera. Como en esta ocasión haber sido motivo para llenar el Zócalo con automóviles de lujo. Increíble pero así es: parece que esta “institución” nació con mala estrella, no cabe duda.

Aunque de claro diseño republicano, si bien su más remoto antecedente entre nosotros se encuentra en la monárquica Constitución de Cádiz, el hecho es que aquí ha tenido más un tufo imperial que republicano. Pero además ha dado pretextos para el entretenimiento político. Casi siempre para señalar y comentar excesos, frivolidades y circunstancias, aspectos verdaderamente secundarios en torno al mismo. Y casi nunca para el análisis profundo y serio de la realidad política del país.

Su periodo más rico de contrastes, excentricidades y folklorismo se ubica en el viejo priismo clásico, que ahora parece estar de regreso en sus rasgos fundamentales, aunque un tanto encubiertos.

Así, durante años la nota –como se suele decir en el argot reporteril- fue la contabilidad del número de aplausos que a lo largo del farragoso discurso brindaban los asistentes al señor presidente. Después el número de aplausos no fue suficiente sino la duración de los mismos. El aplausómetro estuvo a punto de llegar a medir la “sinceridad” (pues ¿qué más se podía medir ya?) de esas palmas al presidente, cuando llegó terminante y categórica la orden de Miguel de la Madrid de que no hubiera un solo aplauso. Y por supuesto nadie aplaudió.

En la época de don Porfirio, con todo y que entonces práctica o artificialmente nada sucedía ahora sabemos que el país y la sociedad toda estuvieron en ebullición pero amenazados a guardar silencio, también el mentado Informe generó controversia. Que si la Constitución, como claramente se desprendía de la lectura literal de su texto, no obligaba al Ejecutivo a estar presente en el Congreso y menos aún a dar lectura al largo contenido de su informe, que era suficiente con entregarlo y sólo leer un breve mensaje y que los secretarios legislativos fueran los que leyeran aquél. Cuando el dictador ya estuvo más viejo, se argumentó entonces que la disposición constitucional quedaba rigurosamente cumplida con sólo enviarlo (el informe, no al viejo, que era precisamente el problema)

La picaresca ha dado para mucho. Cómo olvidar que era justo en el Informe donde se hacían los anuncios más espectaculares, como el de la estatización bancaria. Lo cual hacía que no pocos esperaran con gran nerviosismo la llegada de todo 1° de septiembre. O cómo no tener presente esa fecha del año 1976 cuando casi todos los legisladores, puestos de pie, aplaudieron frenéticamente la devaluación del peso y lo erróneo de la política económica gubernamental. Cómo olvidar los lloriqueos de López Portillo en la tribuna “más alta del país” en 1982. O aquel cruel regaño de Echeverría a Silva Hérzog por la administración del Infonavit. Pero también, ahora ya nadie lo recuerda, que fue para un informe presidencial, el de 1950, cuando se llevó a cabo el primer “control remoto” –como antes se decía- de la televisión mexicana.

En fin, a principios de la década de los 70 Jorge Capizo dejó escrita en su obra clásica El presidencialismo mexicano una fiel descripción de cómo era hace cuatro décadas un día del Informe con toda su parafernalia. Multitudes, cientos de toneladas de confeti, la viejita y los niños de utilería que se acercaban a saludar y darle un beso al señor presidente, la música y los mariachis por donde pasaba su convoy y decenas de cosas más, hasta llegar al indigno “besamanos” en Palacio y afuera un Zócalo lleno de acarreados, como ahora de acarreadores (los carros de lujo). Luego vendrían los gritos, manotazos, empujones, lo que genéricamente se llamó “interpelaciones” al presidente al triste punto en que ahora nos encontramos.