Opinión

Orlando sangriento

 
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Luto.  Orlando se encuentra de luto por las 49 personas asesinadas en el club  gay Pulse.(Reuters)

Una vez más un hecho violento perpetrado por un ciudadano estadounidense en posesión de armas de alto poder, deja un rastro hiriente y vergonzoso de sangre.

La nación más poderosa del planeta, la que ha desarrollado sistemas y mecanismos que protegen y resguardan la libertad individual, por encima incluso del bien común, parece incapaz de encontrar contrapesos al acceso libre de armamento letal.

Una vez más en la historia cíclica de Estados Unidos reaparece en el centro del debate el satanizado control de armas como una expresión que contradice las libertades de la persona, que echa por tierra las garantías expresadas en su Constitución.

Cada año –de forma más reciente– o cada dos o tres años, una nueva matanza escolar, estudiantil, universitaria, en un centro comunitario o de salud, han puesto en tela de juicio la apertura total a la venta indiscriminada de armas.

Esta vez, 49 muertos que convivían en una discoteca, son las víctimas brutales de un loco desquiciado que quería enviar un mensaje de desprecio y homofobia a la comunidad lésbico-gay de Estados Unidos.

Un hombre de origen afgano pero ciudadano estadounidense, declarado musulmán, con registro de violencia doméstica y bajo investigación del FBI (2013, 2014) fue liberado de cualquier sospecha después de dos interrogatorios y revisión de su conducta.

Ese mismo hombre tuvo la posibilidad de adquirir un rifle automático de asalto, de uso de las Fuerzas Armadas norteamericanas (AR15) y una pistola con las que irrumpió en la discoteca The Pulse y abrió fuego indiscriminadamente.

Cada vez que esto sucede se desgarran las vestiduras, lanzan discursos acalorados de mayor control en la venta de armas, cédulas y registros que notifiquen a las autoridades de aquellos bajo investigación, que recurren a la adquisición de armas de asalto. Pero con enorme tristeza la evidencia demuestra que no sirve de nada. Más aún, existen en estas primeras horas de la investigación después del ataque, testimonios de vecinos de la zona que aseguran lo escucharon practicar con disparos el uso de su arma.

¿Y nadie hizo nada? ¿Nadie conectó al personaje, empleado de una empresa de seguridad privada con señalamientos de hipotéticos vínculos con organizaciones terroristas con una práctica de rifle? ¿Dónde están los supuestos controles de alta tecnología y bases de datos del gobierno estadounidense? ¿Nadie relaciona el registro de venta en la armería con la investigación del FBI?

En estos momentos de la contienda electoral norteamericana, el discurso antiinmigrante y antimusulmán de Donald Trump puede ganar adeptos ante el acto calificado como “terrorismo doméstico”.

No existe evidencia alguna de enlace, comunicación o contacto del atacante con el Estado Islámico (EI) o alguna otra organización terrorista islámica.

El día de ayer el gobierno de Arabia Saudita informó que Omar Mateen, responsable de los ataques, viajó en dos ocasiones a su territorio a participar en un ritual religioso anual entre los musulmanes de visita a los lugares santos. Lo hizo en 2014 y 2015, pero no hay registro de ningún encuentro sospechoso.

Una vez más escucharemos incendiados discursos en la Cámara de Representantes y el Senado llamando al control de armas y su regulación, que el poderoso cabildeo de la Asociación Nacional del Rifle –que financia múltiples campañas políticas de forma muy generosa–acallará sin mayores consecuencias.

San Bernardino marcó la muerte de jóvenes estudiantes el año pasado como la más reciente; Orlando acapara la atención por dos hechos: se trata de un ataque a una minoría con acento expreso por dañar a esa comunidad y se autoproclama musulmán en apoyo al EI. Lo mismo hizo la pareja de atacantes –también de ascendencia islámica– en California el año pasado.

¿Cuántos muertos más serán necesarios para restringir el comercio de armas y defender la vida por encima de la libre empresa?

Twitter: @LKourchenko

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