Opinión

Ordorika y Gilly

Gil estaba sudando la nota gorda (sí, una nota) ante las noticias de Iguala. A donde volteaba, un viento de ignominia helaba las cosas del amplísimo estudio. Habían encontrado decenas de cuerpos en una fosa de Iguala y todo apuntaba al hecho ominoso de que fueran los cadáveres de los normalistas de Ayotzinapa desparecidos durante una refriega de camiones robados y policías fuera de control disparando a mansalva sobre civiles desarmados. Según una de las versiones macabras, Francisco Salgado Valladares, director de la Policía Municipal, dio la orden de que detuvieran a los alumnos de la Normal; El Chucky, capo de los Guerreros Unidos ordenó que los ejecutaran.

Como si el asunto no fuera lo suficientemente desastroso, no falta nunca quien se proponga enturbiar las cosas. En su periódico La Jornada, Imanol Ordorica y Adolfo Gilly han escrito un artículo titulado: “Ayotzinapa, crimen de Estado”. Estos dos teóricos del Estado le han dado vuelo a sus neuronas, incluso a algunas de ellas les han salido alas: “La desaparición y matanza de estudiantes normalistas en Iguala, Guerrero, es un crimen de Estado, cometido en un país donde la tortura, las desapariciones y las muertes se han convertido en hechos cotidianos”. Ah, las palabrotas; ah, las ideotas.

Como es muy fácil afirmar que la Policía de Iguala se encuentra bajo las órdenes del crimen organizado y que la corrupción ha penetrado a la autoridad como la humedad los muros, entonces hay que traer unas palabrotas: crimen de Estado. Imanol y Adolfo: no sean payasos y respeten por una vez a las familias de las víctimas. Es que de veras. Por cierto, ¿qué había sido de Imanol?, ¿dónde estuvo todos estos años? La verdad es que su regreso ha sido más bien bochornoso. De Imaz, lo último que supimos es que abandonó la oficina del empresario Ahumada con una bolsa del súper repleta de dinero; y de Santos, que se hundió en la marea alta de perredismo bajo. Estos tres héroes del CEU, rockstars de la política emergente de aquellos años ochenta, no han dado golpe, como no sea el golpe del ridículo.

Puchero

Oigan a Imanol y a Gilly: “Las víctimas son jóvenes estudiantes que, en el contexto de privaciones y pobreza de sus propias familias,  luchan por la defensa de la educación pública en medio de las difíciles condiciones de las escuelas normales rurales, objeto de acoso estatal y federal durante décadas”. Anjá. La verdad es que Gil lo que ha visto es a grupos violentos luchar por privilegios, como mil plazas automáticas. Para eso han robado, saqueado, incendiado, golpeado, secuestrado. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Ordorika y Gilly son capaces de enturbiar incluso la unanimidad ante el crimen salvaje de los jóvenes normalistas. El artículo (es un decir) de estas mentes brillantes publicado en La Jornada se ha servido con el cucharón del pútrido puchero, oh, sí: “En la matanza de los estudiantes de Ayotzinapa, la represión gubernamental contra una movilización social ha puesto también a su servicio la violencia del crimen organizado”. ¿Y si fuera más difícil y el hampa tuviera en sus manos a la Presidencia Municipal, a los funcionarios, a la Policía? ¿Eso es lo mismo que la decisión del gobierno federal de asesinar a un grupo de jóvenes? Si Gil supiera poemas diría que Ordorika y Gilly se la han prolongado hasta Saturno.

Mazacote


Ah, la denuncia, gran valor del periodismo, mju: “Se trata de un crimen de Estado. La actitud omisa del Jefe del Ejecutivo federal y del autismo de la clase política en su conjunto le dan además la dimensión de una crisis de Estado”. O sea, nada: sabe Dios lo que sea una crisis de Estado; en cambio, 40 cadáveres en una tumba clandestina es una matanza. Las palabrotas no sirven más que para ocultar lo que ocurre en la realidad.

Si la lectora y el lector meten la mano en el mazacote de Ordorika y Gilly, sacarán algo como esto: “A cuarenta y seis años de la masacre del 2 de octubre, podemos impedir que se repitan las mentiras y la impunidad de los gobiernos, sus funcionarios y sus cómplices”. Caracho, ¿otra vez el manganeso con la gimnasia? ¿Qué rayos tiene que ver lo uno con lo otro? Nada, simplemente nada, como no sea la demostración de que se puede escribir un artículo para tirarlo a la basura.

La máxima de Marco Anneo Lucano espetó dentro del ático de las frases célebres: “El crimen hace iguales a todos los contaminados por él”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX