Opinión

Orden, sólo orden


 
La protesta callejera está acercándose a extremos peligrosos que sólo provocan la polarización de la sociedad. Una sociedad harta que exige a las autoridades poner orden, solo orden.
 
El problema es claro: la disidencia magisterial quiere echar abajo la reforma educativa. Punto. Y ese es un problema del gobierno federal y del Poder Legislativo que parece que se les salió de control.

Hay muchas preguntas en el aire que aún no tienen respuesta. ¿Qué responsabilidad tienen en este conflicto los gobernadores Gabino Cué, de Oaxaca, y Manuel Velasco, de Chiapas? ¿Por qué fueron incapaces de negociar y contener a las secciones de la disidencia magisterial en sus estados antes de que vinieran al Distrito Federal?
 
¿Quién y cómo están financiando el traslado, la estancia y alimentación de entre 15 y 20 mil maestros de la CNTE? ¿De dónde salió el dinero para comprar los cientos de casas de campaña nuevas para la toma del Zócalo y otros puntos de la Ciudad de México?
 
¿Acaso la Policía Federal, encargada de vigilar las carreteras del país, no detectó el traslado de miles de maestros en cientos de autobuses hacia la capital del país? ¿Avisaron a alguien? Y si avisaron, ¿se hizo lo que se tenía que hacer? ¿Dónde están los sistemas de inteligencia del país que debieron prever esta situación?
 
Prepárese, vienen días aún más difíciles. La protesta magisterial está midiendo al gobierno y continuará retándolo. Y eso que apenas vamos en la reforma menos complicada, la educativa.
 
Estamos a escasos tres días del primer informe de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Los de la CNTE no desaprovecharán la oportunidad para hacerse sentir. Por lo pronto, el escenario del mensaje presidencial ya se movió al Campo Marte. Nunca un mensaje presidencial en tiempos modernos se ha emitido desde una instalación militar.
 
Pero luego viene otra fecha propicia para la presión de los disidentes y que podría ligar la oposición de la reforma educativa a la reforma energética. No se extrañe si los maestros se mantienen en las calles hasta el 8 de septiembre, cuando Andrés Manuel López Obrador reúna a sus huestes para manifestarse contra la supuesta privatización de Pemex. Otro conflicto de orden Federal.
 
Luego vendrán la ceremonia del Grito de Independencia, la noche del 15 de septiembre y el desfile militar el 16, con un Zócalo tomado por los maestros.
 
En medio de todo esto, un período extraordinario del Congreso para aprobar, sí o sí, la Ley General del Servicio Profesional Docente, que es la columna vertebral de la reforma educativa. Suena en los pasillos de la Secretaría de Educación Pública que Emilio Chuayffet, su titular, tiene los días contados. Alguien tiene que pagar los platos rotos, pero de nada serviría un revelo en la SEP con las cosas como están.
 
A esto agregue que el 8 de septiembre se tiene contemplado sea presentada la reforma hacendaria. Y no tenga la menor duda que con ella vendrán más protestas.
 
Lo cierto es que Miguel Ángel Mancera, al igual que toda la izquierda, está atrapado por la situación. No puede apoyar una represión, pero tampoco los métodos violentos de los manifestantes. Sobre todo porque las soluciones a todos estos conflictos no pasan por su escritorio, sino por los del gobierno federal.
 
Nadie pide coartar el derecho a la manifestación o la libertad de expresión. Solo exigimos que nuestros derechos, todos nuestros derechos, sean respetados por igual.
 
El Distrito Federal, junto con sus habitantes, es al mismo tiempo rehén y escenario de protestas de toda índole por el centralismo que no hemos podido erradicar. El problema es que ahora la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la CNTE, escaló la toma de la calle a otro nivel.
 
Los bloqueos a las dos terminales del aeropuerto y al periférico no tienen precedentes. La pregunta es ¿qué sigue? ¿Es muy difícil que las autoridades cumplan con su obligación de mantener el orden y salvaguardar los derechos de TODOS los ciudadanos? Ojo, no hablo de represión, sino de cumplir la ley. Esa misma ley que se hizo para todos, sin importar cómo nos llamamos, de dónde somos o a qué nos dedicamos.
 
Hasta el viernes.