Opinión

Oportunidad histórica

Los grandes momentos de la historia están siempre precedidos por intensos lapsos de profunda crisis: los cambios en la Europa de finales del siglo XX, lo que recientemente vivimos con la Primavera Árabe hace tres años, y los cambios democráticos que inevitablemente maduran en China, son resultado todos de momentos de grave cuestionamiento social, crisis institucional, hartazgo ciudadano de sistemas y aparatos de gobierno.

Para nadie es un secreto que México atraviesa una crisis de esas dimensiones en estos momentos: cansancio total de la ciudadanía por la omisión y complicidad de las autoridades, en este caso en particular municipales y estatales de forma muy señalada, pero para más de uno federales también por retrasos y acciones poco transparentes y mal comunicadas.

Rechazo absoluto de buena parte de la ciudadanía a la corrupción imperante y a la colusión entre autoridades y el crimen organizado; policías bajo el mando y el control del narcotráfico; políticos de todos los partidos incapaces de poner un alto al grave deterioro del tejido social; líderes que actúan guiados por intereses electorales para sacar provecho de escenarios confusos; otros líderes –de oscuro y dudoso pasado– que pretenden presentarse como los salvadores de la patria maltrecha y enardecida.

¿Quién se salva? ¿Por quién mete usted la mano al fuego en la certeza de su impoluta conducta? ¿A quién le deposita usted su confianza ciega para la que algunos llaman ´la reconstrucción nacional´?

Este gobierno –en apenas su primer tercio de ejercicio– tiene la oportunidad histórica de convertir esta crisis en el punto detonador de una nueva cultura política nacional.

Una nueva era de transformación profunda que implique, en mucho, la refundación de instituciones, la abolición de sindicatos corruptos, de partidos ineptos –rémoras de las urnas y del presupuesto. Una gran cruzada nacional para reconstruir al país de otra forma, con otros sistemas, con diferentes dependencias, con un combate frontal y descomunal a la corrupción. A la corrupción de todos, no como afirman por ahí, la de los verdes o los azules, también los amarillos, y los coral y los de nueva representación.

Decíamos en este espacio hace unos días que este es un gran momento para perseguir a los truhanes, para detener a los políticos enriquecidos a costa del erario y de los ciudadanos, a las docenas de gobernadores que han abusado de su puesto en su beneficio y el de sus familias, a los múltiples secretarios de Estado que después de servir como funcionarios públicos, no han tenido que volver a trabajar en toda su vida. Se me ocurren varios nombres.

Esto requiere de una participación enérgica de la sociedad civil, de la ciudadanía para señalar y exigir investigaciones y castigo ejemplar, descomunal, aplastante. No podemos seguir aplaudiendo a los corruptos, recibiéndoles en reuniones públicas y en sociedades y empresas. Aquél que venga del gobierno o de una familia que ha estado vinculada al poder, debiera demostrar que el origen de sus recursos y patrimonio es plenamente limpio y no se relaciona con las responsabilidades asumidas.

Esta administración, de la que muchos sectores dudan tanto por su origen priista, como por el pasado mexiquense que inevitablemente nos remite a Arturo Montiel y a su riqueza inexplicable, pero exonerada ante la autoridad –que no la del pueblo y de la gente–, está en el centro del huracán. Está en el epicentro de la crisis que la obliga a determinar su curso: ¿será una generación de transformación, de lectura precisa y diáfana de los tiempos convulsos y las exigencias sociales, para implementar cambios de fondo?, o ¿será una generación del final de una era, del cierre de un ciclo, del epílogo de un periodo?

El país está a punto de ebullición en muchos rincones y por diferentes motivos. Si lo hacemos bien, es un gran momento para desprendernos de plomadas retardatorias y contrapesos de la historia.

Twitter: @LKourchenko